CUANDO LA VIOLENCIA ESTÁ EN EL SILENCIO

silencio

Al cabo de una semana de la boda, ella dejó de trabajar para seguirle a su reciente puesto en otra ciudad.

Cada noche, codiciaba el sonido de la llave de la puerta que le dejaría ver su cara. De nuevo venía callado y ella le contemplaba cenar solo, porque así se lo dijo una vez, hace ya meses. Y fue eso lo último que le dijo. Antes le advirtió que no le gustaba que perdiera horas y dinero hablando por teléfono con su familia. Pero bueno, eso ya pasó y a pesar de todo no le dice nada. ¿Por qué está en silencio?.

Después de cenar, trabaja un poco y a veces le oye conversaciones con sus compañeros, y se ríe…Y entonces ella recuerda las tardes en que se reían los dos y piensa que está haciendo algo mal y no sabe qué es. ¿Qué puede ser si le pregunta y él no contesta? No puede molestarle. Él está haciendo cosas importantes que ella no entiende.

No se habrá dado cuenta de cómo han crecido las plantas en un año, menos mal que no se le han muerto porque está la casa muy bonita, aunque no le diga nada. Lo sabe por las revistas y la televisión. Tiene que apagarla cuando él llega para que pueda elegir su programa favorito y no se piense que ha estado perdiendo el tiempo.

Un día, cuando sonó la llave de la puerta, se escondió en la alcoba esperando que dijese algo porque había cambiado los muebles de sitio. Pero no dijo nada. Eso es que no le había gustado el cambio o quizá estaba pensando en sus cosas. Él siempre está haciendo cosas importantes.

A veces, con esa cabeza ligera que tiene, se podría haber olvidado de algún detalle y él, tan educado, no se lo decía. No decía nada. Cómo iba a contarle ella entonces que le dolía mucho el cuerpo si ni siquiera sabía qué parte le dolía…Era el estómago. No, eran la espalda y las piernas. Eran las piernas y también, a ratos, las manos y siempre dolor de cabeza. Con esa vida tranquila que llevaba, de qué iba a quejarse…Lo peor eran las noches. No podía dormir.

Él era un hombre bueno, no le pegaba nunca, no venía borracho, no le faltaba de nada…Tuvo mucha suerte al casarse con él porque, quién iba a quererla a ella…

Ya llevaban dos años y los niños no venían, seguramente ella tenía la culpa, por eso no le hablaba. O quizá, no le hablaba porque no tenía gana. Por eso deseaba con todas sus fuerzas que sonase el teléfono. Sí, para poder escuchar de nuevo su voz y acordarse de cuando eran novios y decía cosas tan bonitas. ¿O quizá no era él?. Sí, sí, era él, con esa cabeza se confunden las cosas.

Agachada no podrá verla. Es mejor. Así él cena con todo limpito y ve solo cosas bonitas, como las que decía, decía muchas cosas bonitas, cosas bonitas, cosas bonitas, cosas bonitas…

¡Despierte! ¿Qué se ha tomado? Su marido está fuera esperando.

No sé qué ha pasado. Estoy muy bien. No le preocupen. No le molesten. Ha sido culpa mía. Soy muy torpe. Me equivoqué.

El maltrato psicológico es una manifestación de violencia hacia las personas. Es difícil de detectar. En el caso de las mujeres, el silencio es su peor enemigo. Si a menudo, hay dificultad en admitir y denunciar el maltrato físico evidente, ¿cómo demostrar el maltrato psicológico?

Ese maltrato sibilino que confunde, aisla, culpa, menoscaba la autoestima y produce enfermedades psíquicas y físicas puede empezar, simplemente, por el silencio…

Por: Yolanda Martos Wensell para reeditor.com

¿CÓMO LEER LAS PALABRAS AHOGADAS DE UN NIÑO? Por Lic. Mario Valdez

El vértigo cotidiano, los desesperantes ejercicios de supervivencia, la sociedad del individualismo, son algunos de los tantos condicionantes que nos impide detenernos a comprender el espíritu de un niño que ahoga en el silencio sus dolores. El escritor José Saramago, en su cuento: “La nieve negra”, exhibió esta “discapacidad” de nosotros los adultos para percibir la claridad y la simpleza de un niño que se expresa, quien seguramente al no ser comprendido o “leído”, se le otorgará la insignia lacerante que tan prontamente otorgamos: -Este niño padece de “tal” patología…, habrá que medicarlo.

En este espacio les invitamos a leer este cuento con detenimiento y atención, para luego pensar cuánto habita en nosotros de la mirada rápida y juicio pronto de la docente del cuento. “La nieve negra” es una herramienta preciosa para releer y en el caso de los terapeutas que trabajan con niños, aplicar en la labor cotidiana. Tómese su tiempo y luego escriba como comentario qué de nuevo ha sentido en la imagen descrita por el genial autor portugués.

 Niña pensamiento

La nieve negra

 Ya sé que estamos fuera de la estación: el invierno se fue, y tenemos ahí el calor, la playa, las sombras de los grandes árboles, el sol duro que nos ablanda, las tardes apacibles, las noches tibias que se ondulan como pesados y blandos terciopelos negros. Hablar de nieve en junio supone una lamentable falta de oportunidad. Pero, como de debajo de los pies se alzan los trabajos, también el azar de los encuentros puede invertir el orden de las estaciones y traer el invierno a los pinos del verano, y hacer que nos traspase un frío terrible que nada será capaz de vencer. Porque, nunca me cansaré de decirlo, hay que tener mucho cuidado con los niños.

Estos minúsculos hijos de los hombres han aparecido a veces en mis crónicas. Y de niños he hablado como quien los conoce bien, porque también uno ha pasado por eso. Y ahora pregunto: ¿qué son los niños? Diez mil pedagogos se disponen a responderme. Dejo de lado, de antemano, sus respuestas, unas porque ya las conozco, otras porque las adivino, y vuelvo a preguntar: ¿Qué son los niños? ¿Qué seres extraños son esos que vuelven hacia nosotros sus rostros lozanos, que nos turban a veces con una mirada súbitamente profunda y sabia, que son irónicos y gentiles, débiles e implacables, y siempre tan ajenos? Tenemos prisa por verlos crecer, por admitirlos en el clan de los adultos sin sorpresa. Nos mostramos impacientes, nerviosos, porque estamos ante una especie desconocida. Cuando ya son nuestros iguales, les hablamos de la infancia que tuvieron (la que recordamos, como observadores desde el lado de afuera) y nos sentimos casi ofendidos porque a ellos no les gusta nada que se les recuerde una situación en la que no se reconocen ya. Ahora son adultos: es decir, otra especie humana.

En esa infancia está, por ejemplo, la historia que voy a contar y que debo a uno de esos encuentros casuales. Y después de reproducida aquí me dirán si no tengo razones para insistir: hay que tener mucho cuidado con los niños. No el cuidado común, el que tiende a prevenir accidentes, esos que bajo tal rúbrica aparecen en las noticias de los periódicos, sino otro tipo de cuidado, más minucioso y sutil. Me explicaré.

Una maestra mandó un día a sus alumnos que hicieran una composición plástica sobre la Navidad. No lo dijo así, claro. Dijo, más o menos, una frase como ésta: “Haced un dibujo sobre la Navidad. Podéis usar lápices de colores, o acuarelas, o papel satinado, lo que prefiráis. Y me lo traéis el lunes.” Que lo dijera así o no, es igual, el caso es que los alumnos llevaron el trabajo. Aparecía allí todo cuanto suele aparecer en estos casos: el pesebre, los Reyes Magos, los pastores, San José, La Virgen y el Niño. Mal hechos, bien hechos, toscos o hábiles, los dibujos cayeron el lunes sobre la mesa de la maestra.

Allí mismo, ella los vio y calificó. Iba marcando “bien”, “mal”, “suficiente”, en fin, el trance por el que todos hemos pasado. De repente, ¡ah, hay que tener mucho cuidado con los niños! La maestra coge un dibujo, un dibujo que no es ni mejor ni peor que los demás. Pero ella tiene los ojos clavados en el papel, y está desconcertada: el dibujo muestra el inevitable pesebre, la vaca y el burrito, y toda la demás figuración del caso. Sobre esta escena sin misterio cae la nieve, y esa nieve es negra. ¿Por qué?

“¿Por qué?, pregunta la maestra en voz alta al niño. El chiquillo no responde. Más nerviosa quizá de lo que aparenta, la maestra insiste. Hay en el aula los crueles murmullos y sonrisas de rigor en estas situaciones. El niño está de pie, muy serio, algo tembloroso. Y, al fin, responde: “Puse la nieve negra porque esta Navidad murió mi madre”.

Dentro de un mes llegamos a la luna. Pero, ¿cuándo y cómo llegaremos al espíritu de un niño que pinta la nieve negra porque murió su madre?

 SARAMAGO, José (1997) “La nieve negra”,

en De este Mundo y del Otro. Ronsel, Barcelona.

Gracias por dedicar su tiempo para nuestra propuesta.

Prof. Lic. Mario Valdez