ABORDAJE CLÍNICO Y PEDAGÓGICO DE LA DIVERSIDAD CON APORTES MULTIDISCIPLINARIOS

DIPLOMATURA    2017

COLEGIO DE PISICOPEDAGOGOS REGIONAL VILLA MARIA.

¿CUÁNTO INCIDE LA FAMILIA EN EL APRENDIZAJE DE LOS NIÑOS?

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Familia y aprendizaje: enfoque interdisciplinario y ética de la diversidad – Por María Cristina Rojas

La conexión entre las modalidades vinculares y funcionales de una familia asociada a las aptitudes y a los problemas de los niños con aprendizaje ha sido trabajada ampliamente en distintos ámbitos. Sin embargo, la compleja trama de condiciones operantes en la producción de tales modalidades y problemáticas se extiende más allá de lo familiar: se incluyen también condiciones sociales y subjetivas, así como las características de cada uno de los grupos de pertenencia del niño, hoy múltiples desde la edad temprana.

Un enfoque complejo de las problemáticas del conocer y del aprender, que implica distintas perspectivas, abre las puertas a los abordajes múltiples y al trabajo en equipos interdisciplinarios. Ello contribuye a que cada disciplina pierda la ilusión de constituir una totalidad explicativa; se remueven convicciones y se combaten los dogmatismos. El desafío, además, es la conformación de equipos con un modelo heterárquico, donde el liderazgo y el saber circulen. Modelo claramente diferenciado de una concepción jerárquica, marcada por una verticalidad cristalizada.

Me propongo aquí, desde mi perspectiva como terapeuta familiar, analizar cuestiones relativas a la trasmisión intergeneracional de significaciones, y el despliegue en el contexto de la familia de mentiras, de secretos y de verdades, todas de peculiar incidencia en el psiquismo y en sus patologías.

En la clínica del niño, en los diagnósticos y tratamientos psicopedagógicos, es destacable el valor del trabajo con los distintos ejes mencionados: me centraré aquí en el trabajo familiar, una vez que la familia con niños configura un campo privilegiado en la conformación del psiquismo, donde su abordaje se hace relevante. La problemática de la trasmisión, que aquí analizaré, ha venido a complejizar la red que sobredetermina dicha construcción psíquica.

Las familias que llegan hoy a la consulta son variadas en su conformación, vínculos y acuerdos básicos: adquieren así formas singulares, muchas veces diferenciadas del padrón nuclear burgués; por ende, si las pensamos con paradigmas únicos y fijos, podemos producir alguna índole de exclusión y sufrimiento a partir de nuestras intervenciones. En relación con esto, es necesario operar con cada familia a partir de una ética de la diversidad, que reconozca la originalidad de cada grupo; sin comparaciones desvalorizantes con un modelo central, tal como ocurriera durante la vigencia del modelo conyugal moderno. Es desde esta posición que consideraré ahora el tema específico de la trasmisión intergeneracional.

Acerca de la trasmisión

Con distintas denominaciones y puntos de vista, las consideraciones sobre trasmisión se despliegan en distintas corrientes de la psicología a partir de la década de los años ´60, y los desarrollos psicoanalíticos al respecto se suceden especialmente desde los años ´70 y ´80. Reconocemos, no obstante, la presencia en Freud de distintas conceptualizaciones que dan basamento a dichos desarrollos, tanto aquellas que sostienen al sujeto como fin en sí mismo y a la vez eslabón dentro de una cadena, (Freud, 1973ª), como las que proponen una herencia cultural (Freud, 1973b). Es en “Tótem y tabú” (Freud, 1973c) donde la transmisión entre generaciones aparece como inevitable y necesaria: “Si los procesos psíquicos no se continuaran de una generación a la siguiente…no existiría en este ámbito progreso ni desarrollo alguno”. Allí cita, haciéndola suya, una hermosa frase de Goethe: “lo que has heredado de tus padres adquiérelo para poseerlo”. (Freud, 1973c, pág. 193).

A partir de estas concepciones, y desarrollos posteriores, se hace posible enunciar que las vicisitudes de la conformación de los sujetos se asientan también sobre la trasmisión familiar, la cual en su dimensión ligada al narcisismo de vida sostiene las bases mismas del psiquismo. El sujeto se construye y conquista una singularidad diferenciada a través de una apropiación transformadora de lo heredado, con lo cual establece su semejanza y su diversidad. El corte o desconocimiento de toda herencia puede afectar las raíces de la identidad; pero también la falta de una transcripción que torne singular lo recibido puede situarlo en posición de objeto, arrasado en distintos grados por un discurso alienante que afecta su diferenciación.

Kaës diferencia lo que se trasmite “entre sujetos” de lo que se trasmite “a través” de ellos. La trasmisión intersubjetiva implica la existencia de un espacio de transcripción transformadora de la trasmisión; la trasmisión transpsíquica supone en cambio la abolición de los límites y del espacio subjetivo. (Kaës, 1993).

En la práctica clínica operamos con la trasmisión entre generaciones en sus dos vertientes; una de ellas, constructiva, favorece la pertenencia y el arraigo y sitúa a cada sujeto y grupo familiar como eslabón entre las generaciones. En relación con esto, pienso a la construcción histórica como una herramienta clínica que favorece la configuración del lazo familiar, intervención relevante, por ejemplo, en familias de vinculaciones frágiles, donde el trabajo historizante contribuye a la pertenencia, los apegos y el consiguiente sostén intersubjetivo.

Veamos esto al menos en dos situaciones clínicas diferenciadas, el caso de las familias ensambladas – es decir, aquellas nacidas a partir del divorcio y los nuevos casamientos – y de las adoptantes.

Durante la conformación de los grupos familiares ensamblados, se complejiza la dimensión histórica, dado que se entrecruzan otras líneas, ya no pertenecientes a la consanguinidad. La construcción de una historia familiar nueva, inclusiva de prehistorias no desechables, puede contribuir al desarrollo de una nueva identidad familiar, que incluya lo anterior transformado. Entiendo que esta posibilidad se articula íntimamente con la problemática de los duelos y de la novedad, tan propia de los trabajos psíquicos que conllevan el divorcio y el ensamble.

En familias adoptantes el tejido de la historia intergeneracional lanzado a partir del hecho de la adopción, y de la información parental acerca de la misma, contribuye a la consolidación de la familia como tal. La construcción histórica favorecerá los procesos metabolizadores, en tanto dicha historia contenga la ruptura biológica y habilite nuevas formas de continuidad histórica, social y familiar. (Rojas, 2007).

La otra vertiente de la trasmisión transgeneracional se presentifica en las patologías severas y se refiere a lo no elaborado que, por fuera del campo representacional, puede irrumpir como trastorno en el cuerpo o en el acto, o como perturbación grave del psiquismo. Así, formas actuales de la patología de los vínculos familiares se conectan con sucesos históricos – catástrofes sociales, eventos familiares traumáticos- vividos por generaciones anteriores. Acontecimientos que no pudieron tramitarse y cobrar significación, poco reconocidos y faltos de palabra, persisten como actuales en tanto productores de efectos. Las situaciones de índole traumática involucran de forma global al grupo familiar y abarcan a los descendientes; es decir, el trauma vivido por unos adquiere valor de tal para los otros.

Por ende, el diagnóstico de las perturbaciones emocionales del aprendizaje se enriquece cuando consideramos la cuestión de lo no dicho, de los secretos, de las mentiras, o contenidos ausentes en el discurso familiar que lesionan la mente en vías de conformación. Más adelante consideraré también los excesos de la verdad.

Aquello no tramitado en el psiquismo de padres y antepasados puede inundar el psiquismo infantil, por vías identificatorias. De tal modo, excesos no elaborables ocupan al niño, cuyo psiquismo se encuentra “demasiado lleno” (Faimberg, 1993); esto obstaculiza al pensamiento y desfavorece los tiempos de la simbolización y la apertura al conocimiento.

En tales casos, el trabajo con el grupo familiar se torna fundamental para complementar el acercamiento individual al niño, quien no puede realizar estos procesos de semantización sin el recurso de los otros y en intervenciones que comprometan la presencia de las figuras significativas. Por otra parte, los integrantes de la familia son portadores posibles de la historia faltante y los intercambios intersubjetivos constituyen facilitadores privilegiados de la elaboración del trauma.

El proceso analítico familiar conforma un contexto privilegiado para la aproximación a estas cuestiones: favorece el armado del rompecabezas en cuya fragmentación se sostiene lo no elaborado/ silenciado, así como permite el desmontaje de los mecanismos de desmentida apoyados en pactos vinculares implícitos. Es posible también, desde el propio contexto del trabajo del psicopedagogo, incluir intervenciones vinculares con el niño y su familia para poner en circulación aquello que ha cristalizado en la psique infantil obstruyendo sus potencialidades.

Es importante la incidencia de las patologías de la trasmisión en los trastornos tempranos de la infancia. Raíces y anticipaciones son imprescindibles para la constitución del sujeto psíquico, tal como señala Piera Aulagnier, cuando dice que la versión propuesta al niño por el discurso materno acerca del tiempo que lo ha precedido “puede ser una fábula: es mejor esto que el silencio”. (Aulagnier, 1986, pág. 198).

Dicho de otro modo, los trastornos de la infancia temprana se articulan, en ocasiones, con déficits semánticos propios de la trama familiar, y ponen de manifiesto el efecto traumático de situaciones actuales o pasadas que el grupo familiar no puede tramitar elaborativamente. Esto se aquieta y fija en el espacio psíquico del niño pequeño, dado que dicho espacio, aún escasamente diferenciado, opone escasos límites y fronteras indefinidas a la irrupción de lo trasmitido. Hablan así – a través del trastorno – enunciados pertenecientes al más allá de la singularidad, a veces correspondientes a huellas que transitan entre generaciones, configurando una potencialidad traumática transgeneracional. (Rojas, 1998).

La información – relato acerca de sucesos significativos, o de lo nunca dicho u omitido – es solamente un hito de un proceso que supone cambio y metabolización.

Volvamos al ejemplo de la adopción, ya que es un terreno donde ha sido ampliamente observada la eficacia patógena del secreto: la información al niño sobre su situación de hijo adoptivo no es más que un punto de un camino, que no preserva al niño y sus padres de otros modos de sufrimiento implicados en la cuestión del adoptar/ ser adoptado, como en otras situaciones humanas. Porque ¿es acaso un saber manifiesto el que preserva de la muerte, la enfermedad o el dolor? Y por otra parte, cuando la verdad se dice ¿qué se dice?

Como en la información sexual, y otras de fuerte compromiso afectivo, quien organiza la narración se halla apresado en su propia necesidad tanto de trasmitir como de interrumpir en ciertos puntos la trasmisión. Profundamente comprometido en su discurso, a la vez que dice traslada en el destinatario del relato aquello que hasta a sí mismo le es ajeno: trasmite, pues, más allá de lo visible, para sí y para el otro.

Ahora bien ¿por qué decir, entonces, la verdadera historia si ella no anulará todo sufrimiento? Según mi experiencia como terapeuta familiar, es escasa la confiabilidad que pueden adquirir vínculos sostenidos en la mentira y el ocultamiento de cuestiones vitales trascendentes. El secreto se va expandiendo: para sostenerlo es necesario mentir más, evitar temas, soslayar preguntas; a veces, eludir los encuentros del conjunto familiar. Los niños van percibiendo silencios y contradicciones, indicios inquietantes que no comprenden. Todo ello suele plantear una pérdida de espontaneidad con efectos de cierre en la comunicación del grupo; a veces, se inventan historias que los propios narradores terminan casi por creer, desmintiendo la verdad. Otras, lo no dicho se transforma en un “secreto a voces”, una suerte de rompecabezas, del cual cada uno posee algunas piezas, a las que tampoco puede dar significado. En tales casos, el tema omitido se va configurando como aquello que designamos “secreto familiar”.

El secreto es condición para el funcionamiento del yo, pero en tanto derecho a la creación de pensamientos que pueden o no comunicarse por decisión propia, es decir, se establece zonas de intimidad. (Aulagnier, 1980) Intimidad y secreto que, por su parte, favorecen los procesos de simbolización; los secretos familiares, por el contrario, afectan el pensamiento, el sostén y la identidad.

¿A qué denomino aquí entonces secreto familiar? Se trata, como he venido delineando, de datos históricos parcialmente conocidos por los integrantes del grupo; a menudo, cada uno sabe y silencia un aspecto de un tema cuya mención en el conjunto está vedada; hay acuerdos no manifiestos en relación con la evitación del mismo. Se impone un sé /no sé, al modo del “ya lo sé, pero aun así…” propio del mecanismo de la desmentida. (Mannoni, O., 1990, pág. 9) En este caso no es sólo un ocultamiento, sino la falta de palabras que indica ausencia de simbolización: secretos, desmentidas y ausencia de palabra son rasgos que pueden dar lugar a fallas en el sostén y la interdicción, funciones fundantes del psiquismo; estimulan así situaciones de fuerte riesgo psíquico para los integrantes de la familia. Cuando invisibles pactos familiares dejan afuera la historicidad de situaciones relacionadas con duelo y trauma, a fin de sostener dicha exclusión organizan un sistema defensivo que va perturbando los modos de conexión y la circulación de los afectos. Aparecen configuraciones vinculares que impiden confrontar lo silenciado: inhibiciones del pensamiento y la curiosidad – de fuerte incidencia en los aprendizajes, silencio o vacuidad de la palabra, rigidez en las interacciones y dificultad de reunión familiar que junto con patologías del acto e implosiones somáticas conforman, entre otros, indicios vinculados a problemáticas de la trasmisión.

El proceso elaborativo de historias y verdades se inaugura o prosigue con la información, implica pues un devenir cuyos puntos de inflexión se dan durante las crisis evolutivas y accidentales que la vida provee; es una producción de los vínculos familiares y de su inserción en otras redes sociales. Esto es, la información no causa por sí sola la mejoría del sujeto afectado por secretos u omisiones, pero es un momento fundamental en el proceso; del mismo modo que la trasmisión trasgeneracional no constituye una causa única de patología alguna: se entrama, por el contrario, en la operancia simultánea de condiciones múltiples.

La verdad desnuda y su eficacia traumatizante

Me referiré también a los excesos de la verdad; ahora bien ¿puede la verdad ser excesiva? ¿si la verdad es una, es posible excederse en la sinceridad? En relación con esto, diría: el modo de decir es significante, de manera que hay tantas verdades como formas posibles del enunciado, sin contar, además, las innumerables formas de recepción del mismo. La presentación sin revestimiento simbólico imaginario de acontecimientos realmente acontecidos, “verdaderos”, confronta a veces con un real descarnado, y puede resultar traumatizante (cito al respecto el decir de unos padres adoptantes a su hijo: “te dejaron en un tacho de basura” o “naciste en un inodoro de la terminal de micros”).

En relación con esto, en un reportaje, de modo coloquial, Silvia Bleichmar habla de “sincericidio” cuando un decir no corresponde y daña a un tercero: “La moral – dice – pasa por el respeto al tercero y no por la defensa de la verdad en sí misma”. La verdad es, pues, un bien que debe ser administrado con prudencia. (S. Bleichmar, 2007, pág. 34).

En este punto, nos vemos requeridos de abordajes y diagnósticos diferenciales, es decir, hay distintas cualidades del no decir en las familias, que han de ser cuidadosamente pensadas en su originalidad: hay el secreto familiar patógeno, asentado sobre pactos de desmentida; hay lo transgeneracional, no ligado, que invade y a veces arrasa el psiquismo; hay mentiras piadosas; hay ocultamientos generosos o egoístas, pero no enloquecedores; hay complicidades perversas y hay clandestinidad disfrazada de intimidad.

A modo de cierre

La propuesta de este trabajo es, entonces, pensar al sujeto, su aprendizaje y problemáticas, dentro del conjunto de factores que interjuegan en su trama vital, en sus múltiples facetas y pertenencias. Esta perspectiva clínica destaca, junto al estudio y tratamiento de las problemáticas del niño, la comprensión y abordaje de la familia, que se enriquece y amplía con el análisis de los modos de la trasmisión que aquí he presentado. También implica la consideración de otros grupos que el niño habita – escuela, recreación y otros -; de tal manera, toda perturbación se descentra de su ubicación exclusiva en el psiquismo infantil. Al mismo tiempo, ello convoca a la conformación de equipos interdisciplinarios que, contraponiéndose a los reduccionismos de cualquier signo, trazan distintos senderos para la comprensión y transformación de los complejos fenómenos humanos, en el marco de una ética de la diversidad.

Referências

AULAGNIER, Piera. El aprendiz de historiador y el maestro brujo. Buenos Aires, Amorrortu Ed., 1986, pág. 198.

AULAGNIER, Piera. El sentido perdido. Buenos Aires, Trieb, 1980.

BLEICHMAR, Silvia. “La identidad como construcción”, en Homoparentalidades. Rotenberg y Agrest comp., Buenos Aires, Lugar, 2007, pág. 34.

FREUD, Sigmund. Introducción del narcisismo. Buenos Aires, Amorrortu Ed., 1973ª, tomo XIV.

FREUD, Sigmund. Moisés y la religión monoteísta. Buenos Aires, 1973b, tomo XXIII.

FREUD, Sigmund. Tótem y tabú. Buenos Aires, Amorrortu Ed., 1973c, tomo XIII, pág. 159.

KAËS, R, FAIMBERG, H., ENRIQUEZ, M., BARANES, J. Trasmisión de la vida psíquica entre generaciones, Buenos Aires, Amorrortu Ed., 1996.

KAËS, René. Polifonía del relato y trabajo de la intersubjetividad en la elaboración de la experiencia traumática, en Revista de Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares, 2, Buenos Aires, 2002.

MANNONI. Octave. La otra escena. Claves de lo imaginario, Buenos Aires, Amorrortu Ed., 1990, pág. 9.

ROJAS María Cristina. Ser una familia: los trabajos de la adopción, Revista Adoptare. Buenos Aires, 2007.

ROJAS, María Cristina. Trastornos infantiles: una lectura familiar, Revista Cuestiones de infancia, 3, Buenos Aires, 1998.

“Leer es Futuro”: 21 libros de nueva narrativa, ilustrados por jóvenes dibujantes

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http://www.cultura.gob.ar/noticias/leer-es-futuro-21-libros-de-nueva-narrativa-ilustrados-por-jovenes-dibujantes/

LA EDUCACIÓN DEL FUTURO – Por Edgar Morin

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“La Educación del futuro debe considerar saberes que son normalmente ignorados en la educación actual”
“Debemos desarrollar la inteligencia general para resolver problemas usando el conocimiento de una manera multidimensional tomando en cuenta la complejidad, el contexto y con una percepción global”
“La educacion del futuro debe enfocar sus baterías a un cambio de pensamiento encauzado a enseñar a comprender, a tolerar”

EDGAR MORIN

LAS MASCOTAS PODRÍAN MEJORAR HABILIDADES SOCIALES DE NIÑOS CON AUTISMO

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http://www.neurologia.com/sec/RSS/noticias.php?idNoticia=4983

EL LENGUAJE SIMBÓLICO EN LOS CUENTOS INFANTILES – Víctor Montoya

cuentos infantiles

Los cuentos populares son alimentos para el alma del niño, estimulan su fantasía y cumplen una función terapéutica; primero, porque reflejan sus experiencias, pensamientos y sentimientos; y, segundo, porque le ayudan a superar sus ataduras emocionales por medio de un lenguaje simbólico, haciendo hincapié en todas las etapas -periodos o fases- por las que atraviesa a lo largo de su infancia.

Cuando el niño lee o escucha un cuento popular, pone en juego el poder de su fantasía y, en el mejor de los casos, logra reconocerse a sí mismo en el personaje central, en sus peripecias y en la solución de sus dificultades, en virtud de que el tema de los cuentos le permiten trabajar con los conflictos de su fuero interno. El psicoanalista Bruno Bettelheim ha manifestado que en el campo de la literatura infantil no existe otra cosa más enriquecedora que los viejos cuentos populares, no sólo por su forma literaria y su belleza estética, sino también porque son comprensibles para el niño, cosa que ninguna otra forma de arte es capaz de conseguir. Bettelheim, en su Psicoanálisis de los cuentos de hadas, afirma que: “A través de los siglos (si no milenios), al ser repetidos una y otra vez, los cuentos se han ido refinando y han llegado a transmitir, al mismo tiempo, sentidos evidentes y ocultos; han llegado a dirigirse simultáneamente a todos los niveles de la personalidad humana y a expresarse de un modo que alcanza la mente no educada del niño, así como la del adulto sofisticado. Aplicando el modelo psicoanalítico de personalidad humana, los cuentos aportan importantes mensajes al consciente, preconsciente e inconsciente, sea cual sea el nivel de funcionamiento de cada uno en aquel instante. Al hacer referencia a los problemas humanos universales, especialmente aquellos que preocupan a la mente del niño, estas historias hablan a su pequeño yo en formación y estimulan su desarrollo, mientras que, al mismo tiempo, liberan al preconsciente y al inconsciente de sus pulsiones. A medida que las historias se van descifrando, dan crédito consciente y cuerpo a las pulsiones del ello y muestran los distintos modos de satisfacerlas, de acuerdo con las exigencias del yo y del super-yo” (Bettelheim, B., 1986, p. 12-13).

Conforme a lo señalado por Bettelheim, no cabe duda de que casi todos los cuentos que provienen de la tradición oral abordan el mismo tema: la sublimación de los conflictos emocionales y los problemas existenciales que aquejan a los niños. No es extraño que las niñas, que son víctimas de abusos sexuales, asocien a sus violadores con los personajes “malditos” de los cuentos populares, cuyos protagonistas -lobos, ogros, gnomos, brujas y otros- se tornan en individuos del mundo real.

Si bien existen libros pedagógicos que ayudan a desarrollar las funciones cognoscitivas del niño, existen también libros que ayudan a superar los traumas psicológicos por medio de la ficción y el lenguaje simbólico, que representa cosas que no están al alcance del entendimiento humano. Ya Carl G. Jung, en “El hombre y sus símbolos”, dice: “usamos constantemente términos simbólicos para representar conceptos que no podemos definir o comprender del todo. Esta es una de las razones por las cuales todas las religiones emplean lenguaje simbólico o imágenes. Pero esta utilización consciente de los símbolos es sólo un aspecto de un hecho psicológico de gran importancia: el hombre también produce símbolos inconscientes y espontáneamente en forma de sueños” (Jung, C.G., 1995, p. 21).

La tesis de Betellheim parte de la base de que todos los cuentos populares reflejan la evolución física, psíquica, intelectual y social del niño; por ejemplo, el fracaso del egocentrismo, la soledad y falta de afecto, la satisfacción del deseo (casa de chocolate) y el triunfo sobre el peligro (la bruja) está simbolizado en el cuento “Hansel y Gretel”; el complejo de Edipo en “Blancanieves”; la pubertad en “Caperucita roja”; la rivalidad entre hermanos en “La Cenicienta”; el temor sexual en “La Bella y la Bestia” y el incesto en “Piel de asno”, un tema tabú del que todos saben algo, pero del que pocos se atreven a hablar. El rey y la reina simbolizan a los padres, la flor al desarrollo sexual y la casa a la seguridad y armonía en el hogar. El árbol simboliza la vida, el crecimiento o la maduración física y psíquica del individuo. Así como el perro simboliza la fidelidad, las aves simbolizan la libertad y la ayuda; esto ocurre en el cuento de “La Cenicienta”, cuando su madrastra echa ante ella un montón de guisantes buenos y malos y le dice que los separe. Aunque parece una tarea imposible, Cenicienta comienza, pacientemente, a separarlos y, de pronto, las palomas (los ratones, según otras versiones) acuden a ayudarla. Asimismo, la rama que Cenicienta planta en la tumba de su madre, se convierte en un árbol, en cuyas ramas vive un pájaro que, cada vez que Cenicienta llora, le concede sus deseos; por lo tanto, el árbol y el pájaro simbolizan el espíritu o la reencarnación de la madre de Cenicienta.

En el cuento de “Blancanieves”, justo cuando ésta yace en el ataúd de vidrio, que simboliza su muerte espiritual, tres pájaros acuden a llorar junto a los siete enanitos; la lechuza (pájaro de la muerte y la sabiduría), el cuervo (pájaro de Odín, jefe de las fuerzas oscuras) y la paloma (pájaro de Afrodita, de la inocencia y el amor). Los tres pájaros, aparte de constituir piezas claves en la trama del cuento, simbolizan un número mágico que también aparece en otros cuentos. El genio en Las mil y una noches concede tres deseos a Aladino; tres son las dificultades o pruebas que deben vencer los héroes de los cuentos fantásticos para liberar a la mujer amada y coronar su triunfo; tres veces la madrastra de Blancanieves visita la casa de los siete enanitos. “En su primera visita, disfrazada de una vieja buhonera, intenta estrangular a la hijastra con un corsé (no un “lasito” como dice la versión española), dramatizando su deseo de contrarrestar la pubescencia en proceso de la joven. Blancanieves, medio muerta, es reavivada por los enanos, y el espejo informa a la reina malvada del hecho. En la segunda visita la madrastra le da un peine envenenado, que igualmente la deja ‘como muerta’. El envenenar los cabellos parece ser otro signo de la culpa que la madrastra le achaca a Blancanieves por crecer. Esto es confirmado por la tercera visita, después de que los enanos nuevamente procuran salvarla. Esta vez la madrastra, disfrazada de campesina, le ofrece una manzana ‘con un veneno de lo más virulento’. La bruja come de la mitad blanca para demostrar su inofensividad, pero cuando Blancanieves la recoge y come de la mitad roja, se desmaya con la manzana atorada en la garganta” (Heisig, J.W., 1976, p. 76).

El siete es otro de los números mágicos en los cuentos populares. Ahí tenemos a los siete enanitos en el cuento de “Blancanieves”, quien se convierte en una niña hermosa a los siete años. Siete son los colores primarios, siete los días de la semana, siete los planetas de la antigüedad, siete las virtudes, siete los pecados capitales, siete los misterios, siete las maravillas del mundo y, según el mito de creación, el séptimo día es sagrado y de descanso.

Los animales salvajes simbolizan los conflictos no resueltos y los instintos de agresión. La víbora y el elefante, por su forma, pueden simbolizar la masculinidad, mientras que la manzana (los senos de la madre) es un viejo símbolo del amor y el matrimonio, pero también del peligro y el pecado. En la Biblia se dice que Adán y Eva incurren en el pecado por comer la fruta (manzana) del árbol de la ciencia del bien y del mal. La madrastra de Blancanieves, asaltada por los celos y la envidia, le procura la muerte con una manzana envenenada. De otro lado, el color rojo o colorado de la manzana -simbolismo extensamente repetido en ritos primitivos de la pubertad- representa la menstruación, la culminación de la etapa latente y la maduración sexual; lo mismo que la caperuza roja es un atributo de la primera menstruación de Caperucita roja, quien, aparte de sentirse acosada por la sexualidad masculina, es capaz de concebir y ser madre desde el punto de vista biológico.

La belleza está simbolizada por el color rojo, blanco y negro. De ahí que el cuento de “Blancanieves”, en algunas versiones, comienza con un rey y una reina que viajan por un camino cubierto de nieve, circunstancia en que el rey dice: “Deseo tener una hija blanca como la nieve“, Más adelante, al divisar un hueso lleno de sangre, exclama: “Deseo tener una hija con las mejillas rojas como la sangre“ y cuando ve a tres cuervos, volando a cielo abierto, el rey dice: “Deseo tener una hija con los cabellos color de cuervo”. En otras versiones modernas, el cuento comienza así: Es invierno y la nieve cae como ovillos blancos. La reina está cosiendo junto a la ventana, cuyos marcos están decorados en ébano. De pronto, la reina se pincha en la mano y saca el dedo herido a través de la ventana, dejando caer tres gotas de sangre sobre la nieve. Entonces se dice: “Quiero tener una hija blanca como la nieve, con las mejillas rojas como la sangre y los cabellos negros como el ébano“.

El complejo de Edipo, ese conjunto de sentimientos amorosos y hostiles que cada niño siente en relación con sus padres (atracción sexual hacia el progenitor del sexo opuesto y odio hacia el del mismo sexo, que considera rival), está simbolizado en varios cuentos populares. . Ahora bien, ¿qué es el complejo de Edipo? Según refiere una de las tragedias griegas, un oráculo había predicho que Edipo, hijo del rey de Tebas, mataría a su padre y se casaría con su propia madre, profecía que se cumplió fatalmente. Los psicólogos -a partir de Freud- designan con este nombre la atracción que el niño -alrededor de los 4-6 años de edad- experimenta por el progenitor del sexo contrario.

En los cuentos populares, de un modo general, el conflicto de Edipo está representado por el héroe que mata al dragón para liberar a la princesa; un hecho que simboliza la rivalidad inconsciente que el niño experimenta contra el padre (dragón) y el amor desmedido que siente por la madre (princesa). El conflicto de Electra, a su vez, está representado por Cenicienta y Blancanieves, quienes, en procura de liberar el amor sojuzgado del padre, se enfrentan a la crueldad de la madrastra, figura que, desde el principio, encarna el peligro y la maldad. Empero, valga aclarar que el complejo de Edipo, en algunas versiones adaptadas para los niños, es apenas una sugerencia sutil, debido a que un mensaje más directo podría provocarles angustias y ahondar sus conflictos emocionales.

El tema de la envidia y la rivalidad entre hermanos está simbolizado en el cuento de “La Cenicienta”, quien no sólo es presa del trato inhumano de su madrastra, sino también del odio y la envidia de sus hermanastras. Otros símbolos constituyen el zapato de cristal (en la versión antigua era una zapatilla de cuero suave), que Cenicienta pierde al salir de la fiesta, en la ceniza (símbolo del desprecio y la humillación), en el árbol que planta en la tumba de su madre y en el príncipe que la revive y la toma por esposa.

El narcisismo de la madrastra de Blancanieves está simbolizado por el espejo mágico y la madurez sexual por el corpiño, el anillo y la manzana. Si la combinación del color rojo, blanco y negro es símbolo de belleza, entonces el “Príncipe sapo” y “la Bestia” son símbolos de la agresividad inconsciente de la personalidad humana.

El incesto, al menos como intento, aparece expuesto en “Piel de asno”. Todo comienza con un rey todopoderoso, amado y respetado por su pueblo, y una reina que, sintiendo acercarse su última hora, le dice al rey: “Cuando te vuelvas a casar, júrame que lo harás con una princesa que sea más bella y mejor formada que yo.” El rey le jura que así lo hará. Sin embargo, al cabo de un tiempo, no resiste a la tentación de pensar en la princesa -su hija-, quien no sólo es bella y admirablemente bien formada, sino que sobrepasa en mucho a la reina -su madre- en donaire y encantos. De modo que el rey, seducido por la juventud y belleza de su hija, decide tomarla en matrimonio. La princesa, consternada por la actitud de su padre, le ruega no obligarla a cometer un crimen. Mas el rey no desiste en su propósito y manda a preparar la boda. La princesa pide ayuda a la Hada de las Lilas -su madrina-, quien, para salvarla del dolor y el infortunio, le aconseja pedirle al rey la piel de un asno. Entonces el rey, obsesionado por casarse con su hija, no le niega su deseo y deja matar a su asno preferido. La princesa se disfraza con la piel del animal y huye del palacio sin ser reconocida. El rey moviliza a sus guardias y mosqueteros para dar con el paradero de la princesa, quien se convierte en fugitiva y llega hasta tierras lejanas, donde contrae matrimonio con un príncipe que la pone a salvo del incesto y la conducta perversa de su padre.

La relación de las niñas con su sexualidad está reflejada en varios cuentos. Pero quizás el más representativo sea “La Bella y la Bestia”. La versión más conocida de esta historia cuenta cómo la Bella, la menor de cuatro hermanas, se convierte en la favorita de su padre, debido a su bondad desinteresada y su actitud cariñosa. No obstante, lo que desconoce la Bella es que, al pedir una rosa blanca, pone en peligro la vida de su padre y las relaciones ideales con él, pues la rosa blanca es robada en el jardín encantado de la Bestia, quien, llena de cólera, le impone el castigo de que en el lapso de tres meses debe entregarle a su hija menor, a cambio de poner a salvo su vida. Así es como la Bella se ve obligada a vivir con la Bestia, hasta el día en que, redimido por el amor, vuelve a su condición humana trocado en un hermoso príncipe. De entrada, el cuento simboliza la animalidad integrada en la condición humana, pues en muchísimos mitos y cuentos populares se habla de un príncipe convertido por arte de hechicería en un animal salvaje o en un monstruo, que es redimido por el beso y el amor de una doncella; un proceso que, según el psiquiatra M-L. von Franz, simboliza la forma en que el ánimus se hace consciente. En muchos mitos, el amante de una mujer es una figura misteriosa y desconocida que ella nunca debe ver y al que sólo puede encontrar en la oscuridad. De lo contrario, si enciende una luz y revela su identidad, corre el riesgo de no redimirlo de su condición monstruosa. El ejemplo está en la doncella Psique, quien era amada por Eros, pero tenía prohibido que intentara mirarlo. Eros la visitaba sólo por las noches y desaparecía al despuntar el alba. Las hermanas de Psique le advirtieron que el hombre con quien vivía era un monstruo horrible que no se atrevía a mostrarse a la luz del día. Entonces Psique, curiosa por descubrir el misterio que guardaba su amante, encendió el mechero y se enfrentó a la hermosa imagen del hombre que dormía a su lado. Pero como estaba nerviosa y sorprendida, agitó el mechero y dejó caer una gota de aceite sobre el hombro de Eros, quien despertó y la abandonó por haber visto lo que no debía. De modo que Psique pudo recuperar su amor sólo después de larga búsqueda y muchos sufrimientos.

Cabe añadir que en los cuentos populares, como en gran parte de los cuentos de la literatura infantil moderna, existe una dicotomía maniquea entre los personajes, cuyos atributos representan la bondad o la maldad, dependiendo del rol que se les asigna en la trama del cuento. Las fuerzas del bien están simbolizadas por el protagonista central y los personajes secundarios -el príncipe, las hadas, las palomas y los magos-, entretanto las fuerzas tenebrosas del mal están simbolizadas por los personajes -humanos y animales- que representan la insensatez, la astucia y el peligro, como es el caso del lobo feroz, los gnomos, las brujas y los ogros.