El cuento del fin de semana: EL PUENTE de Franz Kafka

puente

El puente

[Minicuento – Texto completo.]

Franz Kafka

 

Yo era rígido y frío, yo estaba tendido sobre un precipicio; yo era un puente. En un extremo estaban las puntas de los pies; al otro, las manos, aferradas en el cieno quebradizo clavé los dientes, afirmándome. Los faldones de mi chaqueta flameaban a mis costados.

En la profundidad rumoreaba el helado arroyo de las truchas. Ningún turista se animaba hasta esas alturas intransitables, el puente no figuraba aún en ningún mapa. Así yo yacía y esperaba; debía esperar. Todo puente que se haya construido alguna vez, puede dejar de ser puente sin derrumbarse.

Fue una vez hacia el atardecer -no sé si el primero y el milésimo-, mis pensamientos siempre estaban confusos, giraban siempre en redondo; hacia ese atardecer de verano; cuando el arroyo murmuraba oscuramente, escuché el paso de un hombre. A mí, a mí. Estírate puente, ponte en estado, viga sin barandales, sostén al que te ha sido confiado. Nivela imperceptiblemente la inseguridad de su paso; si se tambalea, date a conocer y, como un dios de la montaña, ponlo en tierra firme.

Llegó y me golpeteó con la punta metálica de su bastón, luego alzó con ella los faldones de mi casaca y los acomodó sobre mí. La punta del bastón hurgó entre mis cabellos enmarañados y la mantuvo un largo rato ahí, mientras miraba probablemente con ojos salvajes a su alrededor. Fue entonces -yo soñaba tras él sobre montañas y valles- que saltó, cayendo con ambos pies en mitad de mi cuerpo. Me estremecí en medio de un salvaje dolor, ignorante de lo que pasaba. ¿Quién era? ¿Un niño? ¿Un sueño? ¿Un salteador de caminos? ¿Un suicida? ¿Un tentador? ¿Un destructor? Me volví para poder verlo. ¡El puente se da vuelta! No había terminado de volverme, cuando ya me precipitaba, me precipitaba y ya estaba desgarrado y ensartado en los puntiagudos guijarros que siempre me habían mirado tan apaciblemente desde el agua veloz.

FIN

CUENTO: “ME ALQUILO PARA SOÑAR” – G. García Márquez

Un cuento exquisito para el fin de semana

Gabriel García Márquez

(Aracataca, Colombia 1928 – México DF, 2014)

Me alquilo para soñar

A las nueve de la mañana, mientras desayunábamos en la terraza del Habana Riviera, un tremendo golpe de mar a pleno sol levantó en vilo varios automóviles que pasaban por la avenida del malecón, o que estaban estacionados en la acera, y uno quedó incrustado en un flanco del hotel. Fue como una explosión de dinamita que sembró el pánico en los veinte pisos del edificio y convirtió en polvo el vitral del vestíbulo. Los numerosos turistas que se encontraban en la sala de espera fueron lanzados por los aires junto con los muebles, y algunos quedaron heridos por la granizada de vidrio. Tuvo que ser un maretazo colosal, pues entre la muralla del malecón y el hotel hay una amplia avenida de ida y vuelta, así que la ola saltó por encima de ella y todavía le quedó bastante fuerza para desmigajar el vitral.

Los alegres voluntarios cubanos, con la ayuda de los bomberos, recogieron los destrozos en menos de seis horas, clausuraron la puerta del mar y habilitaron otra, y todo volvió a estar en orden. Por la mañana no se había ocupado nadie del automóvil incrustado en el muro, pues se pensaba que era uno de los estacionados en la acera. Pero cuando la grúa lo sacó de la tronera descubrieron el cadáver de una mujer amarrada en el asiento del conductor con el cinturón de seguridad. El golpe fue tan brutal que no le quedó un hueso entero. Tenía el rostro desbaratado, los botines descosidos y la ropa en piltrafas, y un anillo de oro en forma de serpiente con ojos de esmeraldas. La policía estableció que era el ama de llaves de los nuevos embajadores de Portugal. En efecto, había llegado con ellos a La Habana quince días antes, y había salido esa mañana para el mercado manejando un automóvil nuevo. Su nombre no me dijo nada cuando leí la noticia en los periódicos, pero en cambio quedé intrigado por el anillo en forma de serpiente y ojos de esmeraldas. No pude averiguar, sin embargo, en qué dedo lo usaba.

Era un dato decisivo, porque temí que fuera una mujer inolvidable cuyo nombre verdadero no supe jamás, que usaba un anillo igual en el índice derecho, lo cual era más insólito aún en aquel tíempo. La había conocido treinta y cuatro años antes en Viena, comiendo salchichas con papas hervidas y bebiendo cerveza de barril en una taberna de estudiantes latinos. Yo había llegado de Roma esa manana, y aún recuerdo mi impresión inmediata por su espléndida pechuga de soprano, sus lánguidas colas de zorros en el cuello del abrigo y aquel anillo egipcio en forma de serpiente. Me pareció que era la única austríaca en el largo mesón de madera, por el castellano primario que hablaba sin respirar con un acento de quincallería. Pero no, había nacido en Colombia y se había ido a Austria entre las dos guerras, casi niña, a estudiar música y canto. En aquel momento andaba por los treinta años mal llevados, pues nunca debió ser bella y había empezado a envejecer antes de tiempo. Pero en cambio era un ser humano encantador. Y también uno de los más temibles.

Viena era todavía una antigua ciudad imperial, cuya posición geográfica entre los dos mundos irreconciliables que dejó la Segunda Guerra había acabado de convertirla en un paraíso, del mercado negro y el espionaje mundial. No hubiera podido imaginarme un ámbito más adecuado para aquella compatriota fugitiva que seguía comiendo en la taberna estudiantil de la esquina sólo por fidelidad a su origen, pues tenía recursos de sobra para comprarla de contado con todos sus comensales dentro. Nunca dijo su verdadero nombre, pues siempre la conocimos con el trabalenguas germánico que le inventaron los estudiantes latinos de Viena: Frau Frida. Apenas me la habían pesentado cuando incurrí en la impertinencia feliz de preguntarle cómo había hecho para implantarse de tal modo en aquel mundo tan distante y distinto de sus riscos de vientos del Quindío, y ella me contestó con un golpe:

—Me alquilo para soñar.

En realidad, era su único oficio. Había sido la tercera de los once hijos de un próspero tendero del antiguo Caldas, y desde que aprendió a hablar instauró en la casa la buena costumbre de contar los sueños en ayunas, que es la hora en que se conservan más puras sus virtudes premonitorias. A los siete años soñó que uno de sus hermanos era arrastrado por un torrente. La madre, por pura superstición religiosa, le prohibió al niño lo que más te gustaba, que era bañarse en la quebrada. Pero Frau Frida tenía ya un sistema propio de vaticinos.

—Lo que ese sueño significa —dijo— no es que se vaya a ahogar, sino que no debe comer dulces.

La sola interpretación parecía una infamia, cuando era para un niño de cinco anos que no podía vivir sin sus golosinas dominicales. La madre, ya convencida de las virtudes adivinatorias de la hija, hizo respetar la advertencia con mano dura. Pero al primer descuido suyo el niño se atraganto con una canica de caramelo que se estaba comiendo a escondidas, y no fue posible salvarlo.

Frau Frida no había pensado que aquella facultad pudiera ser un oficio, hasta que la vida la agarró por el cuello en los crueles inviernos de Viena. Entonces tocó para pedir empleo en la primera casa que le gustó para vivir, y cuando le preguntaron qué sabía hacer, ella sólo dijo la verdad: “Sueño”. Le bastó con una breve explicación a la dueña de casa para ser aceptada, con un sueldo apenas suficiente para los gastos menudos, pero con un buen cuarto y las tres comidas. Sobre todo el desayuno, que era el momento en que la familia se sentaba a conocer el destino inmediato de cada uno de sus miembros: el padre, que era un rentista refinado; la madre, una mujer alegre y apasionada de la música de cámara romántica, y dos niños de once y nueve años. Todos eran religiosos, y por lo mismo propensos a las supersticiones arcaicas, y recibieron encantados a Frau Frida con el único compromiso de descifrar el destino diario de la familia a través de los sueños.

Lo hizo bien y por mucho tiempo, sobre todo en los años de la guerra, cuando la realidad fue más siniestra que las pesadillas. Sólo ella podía decidir a la hora del desayuno lo que cada quien debía hacer aquel día, y cómo debía hacerlo, hasta que sus pronósticos terminaron por ser la única autoridad en la casa. Su dominio sobre la familia fue absoluto: aun el suspiro más tenue era por orden suya. Por los días en que estuve en Viena acababa de morir el dueño de casa, y había tenido la elegancia de legarle a ella una parte de sus rentas, con la única condición de que siguiera soñando para la familia hasta el fin de sus sueños.

Estuve en Viena más de un mes, compartiendo las estrecheces de los estudiantes, mientras esperaba un dinero que nunca llegó. Las visitas imprevistas y generosas de Frau Frida en la taberna eran entonces como fiestas en nuestro régimen de penurias. Una de esas noches, en la euforia de la cerveza, me habló al oído con una convicción que no permitía ninguna pérdida de tiempo.

—He venido sólo para decirte que anoche tuve un sueño contigo —me dijo—. Debes irte enseguida y no volver a Viena en los próximos cinco años.

Su convicción era tan real, que esa misma noche me embarcó en el último tren para Roma. Yo, por mi parte, quedé tan sugestionado, que desde entonces me he considerado sobreviviente de un desastre que nunca conocí. Todavía no he vuelto a Viena.

Antes del desastre de La Habana había visto a Frau Frida en Barcelona, de una manera tan inesperada y casual que me pareció misteriosa. Fue el día en que Pablo Neruda pisó tierra española por primera vez desde la Guerra Civil, en la escala de un lento viaje por mar hacia Valparaíso. Pasó con nosotros una mañana de caza mayor en las librerías de viejo, y en Porter compró un libro antiguo, descuadernado y marchito, por el cual pagó lo quehubiera sido su sueldo de dos meses en el consulado de Rangún. Se movía por entre la gente como un elefante inválido, con un interés infantil en el mecanismo interno de cada cosa, pues el mundo te parecía un inmenso juguete de cuerda con el cual se inventaba la vida.

No he conocido a nadie más parecido a la idea que uno tiene de un Papa renacentista: glotón y refinado. Aun, contra su voluntad, siempre era él quien presidía la mesa. Matilde, su esposa, le ponía un babero que parecía más de peluquería que de comedor, pero era la única manera de impedir —que se bañara en salsas. Aquel día en Carvalleiras fue ejemplar. Se comió tres langostas enteras descuartizándolas con una maestría de cirujano, y al mismo tiempo devoraba con la vista los platos de todos, e iba picando un poco de cada uno, con un deleite que contagiaba las ganas de comer: las almejas de Galicia, los percebes del Cantábrico, las cigalas de Alicante, las espardenyas de la Costa Brava. Mientras tanto, como los franceses, sólo hablaba de otras exquisiteces de cocina, y en especial de los mariscos prehistóricos de Chile que llevaba en el corazón. De pronto dejó de comer, afinó sus antenas de bogavante, Y me dijo en voz muy baja:

—Hay alguien detrás de mí que no deja de mirarme.

Miré por encima de su hombro, y así era. A sus espaldas, tres mesas más allá, una mujer impávida con un anticuado sombrero de fieltro y una bufanda morada masticaba despacio con los ojos fijos en él. La reconocí en el acto. Estaba envejecida y gorda, pero era ella, con el anillo de serpiente en el índice.

Viajaba desde Nápoles en el mismo barco que los Neruda, pero no se habían visto a bordo. La invitamos a tomar el café en nuestra mesa, y la induje a hablar de sus sueños para sorprender al poeta. Él no le hizo caso, pues planteó desde el principio que no creía en adivinaciones de sueños.

—Sólo la poesía es clarividente —dijo.

Después del almuerzo, en el inevitable paseo por las Ramblas, me retrasé a propósito con Frau Frida para refrescar nuestros recuerdos sin oídos ajenos. —Me contó que había vendido sus propiedades de Austria y vivía retirada en Porto, Portugal, en una casa que describió como un castillo falso sobre una colina desde donde se veía todo el océano hasta las Américas. Aunque no lo dijera, en su conversación quedaba claro que de sueño en sueño había terminado por apoderarse de la fortuna de sus inefables patrones de Viena. No me impresionó, sin embargo, porque siempre había pensado que sus sueños no eran más que una artimaña para vivir. Y se lo dije.

Ella soltó su carcajada irresistible. “Sigues tan atrevido como siempre”, me dijo. Y no dijo más, porque el resto del grupo se había detenido a esperar que Neruda acabara de hablar en jerga chilena con los loros de la Rambla de los Pájaros. Cuando reanudamos la charla, Frau Frida había cambiado de tema.

—A propósito —me dijo—: Ya puedes volver a Viena.

Sólo entonces caí en la cuenta de que habían transcurrido trece años desde que nos conocimos.

—Aun si tus sueños son falsos, jamás volveré —le dije. Por si acaso.

A las tres nos separamos de ella para acompañar a Neruda a su siesta sagrada. La hizo en nuestra casa, después de unos preparativos solemnes que de algún modo recordaban la ceremonia del té en el Japón. Había que abrir unas ventanas y cerrar otras para que hubiera el grado de calor exacto y una cierta clase de luz en cierta dirección, y un silencio absoluto. Neruda se durmió al instante, y despertó diez minutos después, como los niños, cuando menos pensábamos. Apareció en la sala restaurado y con el monograma de la almohada impreso en la mejilla.

—Soñé con esa mujer que sueña —dijo. Matilde quiso que le contara el sueño.

—Soñé que ella estaba soñando conmigo —dijo él.

—Eso es de Borges —le dije. Él me miró desencantado. —¿Ya está escrito?

—Si no está escrito se va a escribir alguna vez —le dije . Será uno de sus laberintos.

Tan pronto como subió a bordo, a las seis de la tarde, Neruda se despidió de nosotros, se sentó en una mesa apartada, y empezó a escribir versos fluidos con la pluma de tinta verde con que dibujaba flores y peces y pájaros en las dedicatorias de sus libros. A la primera advertencia del buque buscamos a Frau Frida, y al fin la encontramos en la cubierta de turistas cuando ya nos íbamos sin despedirnos. También ella acababa de despertar de la siesta.

—Soñé con el poeta —nos dijo.

Asombrado, le pedí que me contara el sueño.

—Soñé que él estaba soñando conmigo —dijo, y mi cara de asombro la confundió— ¿Qué quieres? A veces, entre tantos sueños, se nos cuela uno que no tiene nada que ver con la vida real.

No volví a verla ni a preguntarme por ella hasta que supe del anillo en forma de culebra de la mujer que murió en el naufragio del Hotel Riviera. Así que no resistí la tentación de hacerle preguntas al embajador portugués cuando coincidimos, meses después, en una recepción diplomática. El embajador me habló de ella con un gran entusiasmo y una enorme admiración. “No se imagina lo extraordinaria que era”, me dijo. “Usted no habría resistido la tentación de escribir un cuento sobre ella”. Y prosiguió en el mismo tono, con detalles sorprendentes, pero sin una pista. que me permitiera una conclusión final.

—En concreto —le precisé por fin—: ¿qué hacía?

—Nada —me dijo él, con un cierto desencanto—. Soñaba.

OBRAS COMPLETAS DE CERVANTES EN PDF (DESCARGA GRATUITA LEGAL)

miguel_cervantes_saavedra

http://holismoplanetario.com/2015/07/13/obras-completas-de-miguel-de-cervantes-saavedra-en-pdf-en-internet-obras-de-dominio-publico-descarga-gratuita

VII CONCURSO POÉTICO INTERNACIONAL – UPF Argentina, en adhesión al Día Internacional de la Paz 2015

poesia

VII CONCURSO POÉTICO INTERNACIONAL – UPF Argentina

“Paz en el corazón y luz para el mundo”

Adhesión al Día Internacional de la Paz 2015

 “Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”; Preámbulo de la Constitución de la UNESCO (1945).

 BASES

  1. Objetivo:Un mundo de paz sigue siendo un imperativo irrenunciable, un deber moral ineludible, una meta posible y una tarea a realizar, pese los desencantos históricos y los conflictos todavía vigentes. El arte, la poesía, la cultura, puede hacer su contribución, sobre la base de valores universales, trascendiendo fronteras, ideologías y religiones. Se espera que esta aspiración, anhelo particular y universal, inscripto en el corazón de pueblos y culturas, quede plasmada en los escritos del VII Concurso Poético Internacional, este año bajo el lema “Paz en el corazón y luz para el mundo”. El mismo adhiere al Día Internacional de la Paz 2015, fecha establecida por la ONU (Resolución 36/67) para “conmemorar y fortalecer los ideales de paz en cada nación y cada pueblo, y entre ellos”.
  1. Formalidades:Pueden participar del Concurso escritores, poetas, profesionales, estudiantes y toda persona que se sienta inspirada en expresar un contenido de valor universal sobre la temática propuesta para este año. Cada participante podrá presentar un poema, en lengua española, donde debe hacer constar sus datos: Nombre y apellido (nacionalidad) y lugar de residencia actual: ciudad, provincia/estado y país. También un teléfono y un correo electrónico a fin de dar a conocer la evaluación del Jurado, los poemas premiados y demás detalles. El formato será una poesía escrita en verso, de una extensión que no exceda una carilla de una hoja tamaño A4, letra N° 12. El poema puede enviarse por e-mail a: concursoupfarg@gmail.com; o correo postal: Av. Rivadavia 755 – 3° Piso “F” (C1002AAF) – Buenos Aires – Argentina (No se devolverán los escritos por correo).
  1. Apertura del Concurso:1° de junio de 2015. Cierre: Viernes 31 de julio de 2015.
  1. Jurado:Integrado por la crítica literaria Bertha Bilbao Richter, miembro del Instituto Literario y Cultural Hispánico (ILCH) y de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE); la escritora y artista plástica Mabel Fontau, miembro del ILCH y de Gente de Letras; el poeta Donato Perrone, Coordinador del Rincón Lírico del Café Tortoni y representante del Grupo de Poetas Livres de Santa Catarina (Brasil); la escritora y artista plásticaMartha Edith Candioti, Directora del Grupo de las Siete Palabras Ecléctico y Presidenta del Ateneo Poético Argentino Alfonsina Storni y un representante local de la Federación para la Paz Universal (UPF); todos Embajadores para la Paz de la UPF. El fallo del Jurado será inapelable y tendrá facultad para resolver cualquier cuestión no contemplada en estas Bases.
  1. Madrinas:La escritora y poeta Juana Alcira Arancibia, fundadora y presidente del ILCH y directora-editora de la prestigiosa revista literaria internacional Alba de América; la poeta brasileña Marina Fagundes Coello, integrante de distintos círculos literarios de destacada trayectoria en América; la escritora y poeta Nélida Pessagno, vicepresidenta de la SADE y Consejera Titular de la Fundación El Libro; y la escritora Liria Guedes, Faja de Honor de la SADE e integrante de la Asociación Americana de Poesía.
  1. Premios:El poema elegido en primer término será leído por el autor, o alguien que él designe, en el Acto de premiación. También se le entregará un Diploma de reconocimiento y se difundirá el poema a nivel nacional e internacional. Se otorgarán además cuatro Menciones de honor, cinco Menciones especiales y las Menciones que el Jurado considere, con sus correspondientes diplomas. A quienes obtengan algunas de estas distinciones también se les entregarán obsequios y la Antología que se elaborará para la ocasión con todos los poemas premiados y seleccionados, como una forma más de promover y expandir una cultura de paz.
  1. Tapa Antología:Durante el tiempo que permanezca abierto el Concurso se recibirán propuestas de artistas plásticos (dibujo, pintura, diseño), relacionadas con el lema “Paz en el corazón y luz para el mundo”, para ilustrar la tapa de la Antología. Deberá enviarse una foto de la obra a concursoupfarg@gmail.com. El cuadro u original elegido podrá exhibirse en la celebración del Día Internacional de la Paz y Acto de premiación.
  1. Acto de premiación:La entrega de reconocimientos tendrá lugar en la Celebración del Día Internacional de la Paz, en un acto artístico-cultural-interreligioso que organizará la Federación para la Paz Universal (UPF) de Argentina en adhesión a la fecha ONU (Resolución 36/67), el lunes 21 de septiembre de 2015, cuyos detalles se informarán oportunamente.
  1. Organiza:Universal Peace Federation (UPF), capítulo argentino, cuyos lemas a nivel internacional son:“La esperanza de todas las eras es un mundo unificado de paz”“El amor verdadero es el ideal y el principio rector” y “Una familia global centralizada en Dios”.
  1. La sola participación de este Concurso implica la aceptación de estas Bases.

FEDERACIÓN PARA LA PAZ UNIVERSAL (UPF) – Status ECOSOC ONU

UPF Argentina: Av. Rivadavia 755 – 3° Piso “F” (C1002AAF) – Buenos Aires – Tel/Fax: (+54-11) 4343-3005

CUENTO INFANTIL. “Las naranjas mágicas”

Cuento infantil para enseñar a los niños la importancia de creer en uno mismo.

cuento-infantil1

http://www.educayaprende.com/cuento-infantil-las-naranjas-magicas/

PARA GUARDAR Y DISFRUTAR: POESÍA COMPLETA DE “ALMAFUERTE”

El más genial poeta popular de la Argentina despliega toda su belleza expositiva en estos versos cargados de rencor, resentimiento y rebeldía contra un sistema político opresivo y corrupto, pero también Don Pedro Bonifacio Palacios, alias “Almafuerte”, es capaz de transmitir en sus versos el amor más egregio que jamás alguien pudiera ponerle palabras. Estos versos son para leer, maravillarse y guardar.

almafuerte

http://www.folkloretradiciones.com.ar/literatura/Poesia%20Completa%20almafuerte.pdf