CUENTO: “LA DECISIÓN” – Por Mario Valdez

El cuento del fin de semana

   El rey vivía seguro de haber dejado todo de sí, por su pueblo. Guiado por la inspiración divina, aunque a veces modificada por su humor ciclotímico, había dictado las leyes que más beneficiaban a sus gobernados durante más de treinta años; pues entonces, ¿cómo explicar el malestar y los reclamos de esos desagradecidos?; ¿Cómo retribuían el magnánimo desvelo de su rey? Por más que se esforzaba, no lograba encontrar respuestas a estos interrogantes; y no las encontraría, simplemente, porque no existían para él. Todo lo había dado: orden, justicia, trabajo, seguridad y hasta dádivas de alimento. Los valores fundamentales para cualquier sociedad pasaban irremediablemente por su mano experta y generosa. A cambio, los sediciosos se apostaban irreverentes a las puertas del palacio, ¡con proclamas vergonzosas que pedían su destitución! ¡Nada menos!

Su excelsa inteligencia se exigía al máximo, noche y día, buscando la decisión correcta. A instancias de su más conspicuo consejero, citó a todo el pueblo a la plaza principal, con la excusa de festejar “el cumpleaños del rey”; la asistencia, como correspondía, era obligatoria. De esta manera podría pulsar la ascendencia y poder que aún ejercía sobre las masas. Esa mañana, un frío sudor corría por la frente del Soberano y humedecía sus manos. Se vistió con el traje de gala y se colocó la corona de oro heredada de su bisabuelo.

A la hora señalada, se abrió la puerta del balcón principal del palacio y dio un paso al frente; su desazón fue demoledora: abajo, a un costado, sólo un grupo de chismosas y beneficiarios de sus privanzas, portando la bandera identificatoria del reino, mientras que el resto de la plaza estaba colmada de grupos rebeldes, que exigían su renuncia inmediata.

Luego del aciago momento vivido y durante tres días y tres noches, permaneció encerrado en sus aposentos invocando a la inspiración, que le ayudara a tomar la mejor decisión, ante los acontecimientos que resultaban evidentes. Sabía perfectamente que la solución estaba sólo en sus manos y se juró no salir de la habitación hasta no tomar una decisión. Mientras, en el palacio el clima era irrespirable y tenso; los corrillos entre el personal no cesaban y nadie se permitía siquiera, pensar en dormir.

El día señalado, por fin, a la seis de la mañana, con un rictus de dolor y tristeza, con aspecto desaliñado y vencido, apareció el rey para citar al personal del palacio en el salón principal, con el fin de leer el edicto que acababa de redactar, a la vez que repetía histéricamente:

-La decisión está tomada…, la decisión está tomada…

Unos minutos después, ingresó caminando muy despacio, miró a su gente con aire paternal y lacónicamente se limitó a leer su escrito:

             ” El Supremo Rey de estas tierras, en uso de sus facultades de gobierno, ha decretado lo siguiente:                      “

             ” Visto y considerando que la relación entre gobernante y gobernados se ha tornado insostenible e inmanejable, he debido tomar una drástica pero necesaria resolución, tendiente a conseguir “la paz de esta comarca”:

-LOS CIUDADANOS DE TODO EL REINO DEBERÁN MORIR DE INMEDIATO…

CUENTO: “BEATRIZ, LA POLUCIÓN” – de Mario Benedetti

Para disfrutar durante el fin de semana

Dijo el tío Rolando que esta ciudad se está poniendo imbancable de tanta polución que tiene. Yo no dije nada para no quedar como burra, pero de toda la frase sólo entendí la palabra ciudad. Después fui al diccionario y busqué la palabra imbancable y no está. El domingo, cuando fui a visitar al abuelo le pregunté qué quería decir imbancable y él se rio y me explicó con buenos modos que quería decir insoportable. Ahí sí comprendí el significado porque Graciela, o sea mi mami, me dice algunas veces, o más bien casi todos los días, por favor, Beatriz por favor a veces te pones verdaderamente insoportable. Precisamente ese mismo domingo a la tarde me lo dijo, aunque esta vez repitió tres veces por favor por favor por favor, Beatriz a veces te pones verdaderamente insoportable, y yo muy serena, habrás querido decir que estoy imbancable, y a ella le hizo gracia, aunque no demasiada, pero me quitó la penitencia y eso fue muy importante. La otra palabra, polución, es bastante más difícil. Esa sí está en el diccionario. Dice, polución: efusión de semen. Qué será efusión y qué será semen. Busqué efusión y dice: derramamiento de un líquido. También me fijé en semen y dice: semilla, simiente, líquido que sirve para la reproducción. O sea que lo que dijo el tío Rolando quiere decir esto: esta ciudad se está poniendo insoportable de tanto derramamiento de semen. Tampoco entendí, así que la primera vez que me encontré con Rosita mi amiga, le dije mi grave problema y todo lo que decía el diccionario. Y ella: tengo la impresión de que semen es una palabra sensual, pero no sé qué quiere decir. Entonces me prometió que lo consultaría con su prima Sandra, porque es mayor y en su escuela dan clase de educación sensual. El jueves vino a verme muy misteriosa, yo la conozco bien cuando tiene un misterio se le arruga la nariz, y como en la casa estaba Graciela, esperó con muchísima paciencia que se fuera a la cocina a preparar las milanesas, para decirme, ya averigüé, semen es una cosa que tienen los hombres grandes, no los niños, y yo, entonces nosotras todavía no tenemos semen, y ella, no seas bruta, ni ahora ni nunca, semen sólo tienen los hombres cuando son viejos como mi padre o tu papi el que está preso, las niñas no tenemos semen ni siquiera cuando seamos abuelas, y yo, qué raro eh, y ella, Sandra dice que todos los niños y las niñas venimos del semen porque este líquido tiene bichitos que se llaman espermatozoides y Sandra estaba contenta porque en la clase había aprendido que espermatozoide se escribe con zeta. Cuando se fue Rosita yo me quedé pensando y me pareció que el tío Rolando quizá había querido decir que la ciudad estaba insoportable de tantos espermatozoides (con zeta) que tenía. Así que fui otra vez a lo del abuelo, porque él siempre me entiende y me ayuda aunque no exageradamente, y cuando le conté lo que había dicho tío Rolando y le pregunté si era cierto que la ciudad estaba poniéndose imbancable porque tenía muchos espermatozoides, al abuelo le vino una risa tan grande que casi se ahoga y tuve que traerle un vaso de agua y se puso bien colorado y a mí me dio miedo de que le diera un patatús y conmigo solita en una situación tan espantosa. Por suerte de a poco se fue calmando y cuando pudo hablar me dijo, entre tos y tos, que lo que tío Rolando había dicho se refería a la contaminación atmosférica. Yo me sentí más bruta todavía, pero enseguida él me explicó que la atmósfera era el aire, y como en esta ciudad hay muchas fábricas y automóviles todo ese humo ensucia el aire o sea la atmósfera y eso es la maldita polución y no el semen que dice el diccionario, y no tendríamos que respirarla, pero como si no respiramos igualito nos morimos, no tenemos más remedio que respirar toda esa porquería. Yo le dije al abuelo que ahora sacaba la cuenta que mi papá tenía entonces una ventajita allá donde está preso porque en ese lugar no hay muchas fábricas y tampoco hay muchos automóviles porque los familiares de los presos políticos son pobres y no tienen automóviles. Y el abuelo dijo que sí, que yo tenía mucha razón, y que siempre había que encontrar el lado bueno a las cosas. Entonces yo le di un beso muy grande y la barba me pinchó más que otras veces y me fui corriendo a buscar a Rosita y como en su casa estaba la mami de ella que se llama Asunción, igualito que la capital de Paraguay, esperamos las dos con mucha paciencia hasta que por fin se fue a regar las plantas y entonces yo muy misteriosa, vas a decirle de mi parte a tu prima Sandra que ella es mucho más burra que vos y que yo, porque ahora sí lo averigüé todo y nosotras no venimos del semen sino de la atmósfera.

FIN

LA HISTORIA SIEMPRE SE REPITE: Poema escrito en Irlanda en 1869, con sus habitantes en aislamiento social por una epidemia

El poema está tomado del libro “La historia de Iza”, de Grace Ramsay. En realidad, este es el seudónimo que usaba la escritora y biógrafa católica irlandesa-francesa durante la era victoriana tardía Kathleen O’Meara. Ella era corresponsal en París de The Tablet, una revista británica.

En la época que se escribió este poema en Irlanda había epidemias de fiebre tifoidea, cólera y disentería.

Y la gente se quedaba en casa
Y leía libros y escuchaba
Y descansó e hizo ejercicios
E hizo arte y jugó
Y aprendió nuevas formas de ser
Y se detuvo

Y escuchó más profundamente
Alguien meditó
Alguien rezó
Alguien estaba bailando,
Alguien se encontró con su sombra
Y la gente comenzó a pensar diferente

Y la gente sanó.
Y hubo ausencia de personas que vivían
en una peligrosa ignorancia
Sin sentido, sin corazón,
Incluso la tierra comenzó a sanar

Y cuando el peligro terminó
Y las personas se encontraron
Lloraron por los muertos
Y tomaron nuevas decisiones…
Y soñaron con nuevas visiones
Y crearon nuevas formas de vida.
Y curaron completamente la tierra.
Justo cuando fueron sanados.

El cuento del fin de semana: EL PUENTE de Franz Kafka

puente

El puente

[Minicuento – Texto completo.]

Franz Kafka

 

Yo era rígido y frío, yo estaba tendido sobre un precipicio; yo era un puente. En un extremo estaban las puntas de los pies; al otro, las manos, aferradas en el cieno quebradizo clavé los dientes, afirmándome. Los faldones de mi chaqueta flameaban a mis costados.

En la profundidad rumoreaba el helado arroyo de las truchas. Ningún turista se animaba hasta esas alturas intransitables, el puente no figuraba aún en ningún mapa. Así yo yacía y esperaba; debía esperar. Todo puente que se haya construido alguna vez, puede dejar de ser puente sin derrumbarse.

Fue una vez hacia el atardecer -no sé si el primero y el milésimo-, mis pensamientos siempre estaban confusos, giraban siempre en redondo; hacia ese atardecer de verano; cuando el arroyo murmuraba oscuramente, escuché el paso de un hombre. A mí, a mí. Estírate puente, ponte en estado, viga sin barandales, sostén al que te ha sido confiado. Nivela imperceptiblemente la inseguridad de su paso; si se tambalea, date a conocer y, como un dios de la montaña, ponlo en tierra firme.

Llegó y me golpeteó con la punta metálica de su bastón, luego alzó con ella los faldones de mi casaca y los acomodó sobre mí. La punta del bastón hurgó entre mis cabellos enmarañados y la mantuvo un largo rato ahí, mientras miraba probablemente con ojos salvajes a su alrededor. Fue entonces -yo soñaba tras él sobre montañas y valles- que saltó, cayendo con ambos pies en mitad de mi cuerpo. Me estremecí en medio de un salvaje dolor, ignorante de lo que pasaba. ¿Quién era? ¿Un niño? ¿Un sueño? ¿Un salteador de caminos? ¿Un suicida? ¿Un tentador? ¿Un destructor? Me volví para poder verlo. ¡El puente se da vuelta! No había terminado de volverme, cuando ya me precipitaba, me precipitaba y ya estaba desgarrado y ensartado en los puntiagudos guijarros que siempre me habían mirado tan apaciblemente desde el agua veloz.

FIN

CUENTO: “ME ALQUILO PARA SOÑAR” – G. García Márquez

Un cuento exquisito para el fin de semana

Gabriel García Márquez

(Aracataca, Colombia 1928 – México DF, 2014)

Me alquilo para soñar

A las nueve de la mañana, mientras desayunábamos en la terraza del Habana Riviera, un tremendo golpe de mar a pleno sol levantó en vilo varios automóviles que pasaban por la avenida del malecón, o que estaban estacionados en la acera, y uno quedó incrustado en un flanco del hotel. Fue como una explosión de dinamita que sembró el pánico en los veinte pisos del edificio y convirtió en polvo el vitral del vestíbulo. Los numerosos turistas que se encontraban en la sala de espera fueron lanzados por los aires junto con los muebles, y algunos quedaron heridos por la granizada de vidrio. Tuvo que ser un maretazo colosal, pues entre la muralla del malecón y el hotel hay una amplia avenida de ida y vuelta, así que la ola saltó por encima de ella y todavía le quedó bastante fuerza para desmigajar el vitral.

Los alegres voluntarios cubanos, con la ayuda de los bomberos, recogieron los destrozos en menos de seis horas, clausuraron la puerta del mar y habilitaron otra, y todo volvió a estar en orden. Por la mañana no se había ocupado nadie del automóvil incrustado en el muro, pues se pensaba que era uno de los estacionados en la acera. Pero cuando la grúa lo sacó de la tronera descubrieron el cadáver de una mujer amarrada en el asiento del conductor con el cinturón de seguridad. El golpe fue tan brutal que no le quedó un hueso entero. Tenía el rostro desbaratado, los botines descosidos y la ropa en piltrafas, y un anillo de oro en forma de serpiente con ojos de esmeraldas. La policía estableció que era el ama de llaves de los nuevos embajadores de Portugal. En efecto, había llegado con ellos a La Habana quince días antes, y había salido esa mañana para el mercado manejando un automóvil nuevo. Su nombre no me dijo nada cuando leí la noticia en los periódicos, pero en cambio quedé intrigado por el anillo en forma de serpiente y ojos de esmeraldas. No pude averiguar, sin embargo, en qué dedo lo usaba.

Era un dato decisivo, porque temí que fuera una mujer inolvidable cuyo nombre verdadero no supe jamás, que usaba un anillo igual en el índice derecho, lo cual era más insólito aún en aquel tíempo. La había conocido treinta y cuatro años antes en Viena, comiendo salchichas con papas hervidas y bebiendo cerveza de barril en una taberna de estudiantes latinos. Yo había llegado de Roma esa manana, y aún recuerdo mi impresión inmediata por su espléndida pechuga de soprano, sus lánguidas colas de zorros en el cuello del abrigo y aquel anillo egipcio en forma de serpiente. Me pareció que era la única austríaca en el largo mesón de madera, por el castellano primario que hablaba sin respirar con un acento de quincallería. Pero no, había nacido en Colombia y se había ido a Austria entre las dos guerras, casi niña, a estudiar música y canto. En aquel momento andaba por los treinta años mal llevados, pues nunca debió ser bella y había empezado a envejecer antes de tiempo. Pero en cambio era un ser humano encantador. Y también uno de los más temibles.

Viena era todavía una antigua ciudad imperial, cuya posición geográfica entre los dos mundos irreconciliables que dejó la Segunda Guerra había acabado de convertirla en un paraíso, del mercado negro y el espionaje mundial. No hubiera podido imaginarme un ámbito más adecuado para aquella compatriota fugitiva que seguía comiendo en la taberna estudiantil de la esquina sólo por fidelidad a su origen, pues tenía recursos de sobra para comprarla de contado con todos sus comensales dentro. Nunca dijo su verdadero nombre, pues siempre la conocimos con el trabalenguas germánico que le inventaron los estudiantes latinos de Viena: Frau Frida. Apenas me la habían pesentado cuando incurrí en la impertinencia feliz de preguntarle cómo había hecho para implantarse de tal modo en aquel mundo tan distante y distinto de sus riscos de vientos del Quindío, y ella me contestó con un golpe:

—Me alquilo para soñar.

En realidad, era su único oficio. Había sido la tercera de los once hijos de un próspero tendero del antiguo Caldas, y desde que aprendió a hablar instauró en la casa la buena costumbre de contar los sueños en ayunas, que es la hora en que se conservan más puras sus virtudes premonitorias. A los siete años soñó que uno de sus hermanos era arrastrado por un torrente. La madre, por pura superstición religiosa, le prohibió al niño lo que más te gustaba, que era bañarse en la quebrada. Pero Frau Frida tenía ya un sistema propio de vaticinos.

—Lo que ese sueño significa —dijo— no es que se vaya a ahogar, sino que no debe comer dulces.

La sola interpretación parecía una infamia, cuando era para un niño de cinco anos que no podía vivir sin sus golosinas dominicales. La madre, ya convencida de las virtudes adivinatorias de la hija, hizo respetar la advertencia con mano dura. Pero al primer descuido suyo el niño se atraganto con una canica de caramelo que se estaba comiendo a escondidas, y no fue posible salvarlo.

Frau Frida no había pensado que aquella facultad pudiera ser un oficio, hasta que la vida la agarró por el cuello en los crueles inviernos de Viena. Entonces tocó para pedir empleo en la primera casa que le gustó para vivir, y cuando le preguntaron qué sabía hacer, ella sólo dijo la verdad: “Sueño”. Le bastó con una breve explicación a la dueña de casa para ser aceptada, con un sueldo apenas suficiente para los gastos menudos, pero con un buen cuarto y las tres comidas. Sobre todo el desayuno, que era el momento en que la familia se sentaba a conocer el destino inmediato de cada uno de sus miembros: el padre, que era un rentista refinado; la madre, una mujer alegre y apasionada de la música de cámara romántica, y dos niños de once y nueve años. Todos eran religiosos, y por lo mismo propensos a las supersticiones arcaicas, y recibieron encantados a Frau Frida con el único compromiso de descifrar el destino diario de la familia a través de los sueños.

Lo hizo bien y por mucho tiempo, sobre todo en los años de la guerra, cuando la realidad fue más siniestra que las pesadillas. Sólo ella podía decidir a la hora del desayuno lo que cada quien debía hacer aquel día, y cómo debía hacerlo, hasta que sus pronósticos terminaron por ser la única autoridad en la casa. Su dominio sobre la familia fue absoluto: aun el suspiro más tenue era por orden suya. Por los días en que estuve en Viena acababa de morir el dueño de casa, y había tenido la elegancia de legarle a ella una parte de sus rentas, con la única condición de que siguiera soñando para la familia hasta el fin de sus sueños.

Estuve en Viena más de un mes, compartiendo las estrecheces de los estudiantes, mientras esperaba un dinero que nunca llegó. Las visitas imprevistas y generosas de Frau Frida en la taberna eran entonces como fiestas en nuestro régimen de penurias. Una de esas noches, en la euforia de la cerveza, me habló al oído con una convicción que no permitía ninguna pérdida de tiempo.

—He venido sólo para decirte que anoche tuve un sueño contigo —me dijo—. Debes irte enseguida y no volver a Viena en los próximos cinco años.

Su convicción era tan real, que esa misma noche me embarcó en el último tren para Roma. Yo, por mi parte, quedé tan sugestionado, que desde entonces me he considerado sobreviviente de un desastre que nunca conocí. Todavía no he vuelto a Viena.

Antes del desastre de La Habana había visto a Frau Frida en Barcelona, de una manera tan inesperada y casual que me pareció misteriosa. Fue el día en que Pablo Neruda pisó tierra española por primera vez desde la Guerra Civil, en la escala de un lento viaje por mar hacia Valparaíso. Pasó con nosotros una mañana de caza mayor en las librerías de viejo, y en Porter compró un libro antiguo, descuadernado y marchito, por el cual pagó lo quehubiera sido su sueldo de dos meses en el consulado de Rangún. Se movía por entre la gente como un elefante inválido, con un interés infantil en el mecanismo interno de cada cosa, pues el mundo te parecía un inmenso juguete de cuerda con el cual se inventaba la vida.

No he conocido a nadie más parecido a la idea que uno tiene de un Papa renacentista: glotón y refinado. Aun, contra su voluntad, siempre era él quien presidía la mesa. Matilde, su esposa, le ponía un babero que parecía más de peluquería que de comedor, pero era la única manera de impedir —que se bañara en salsas. Aquel día en Carvalleiras fue ejemplar. Se comió tres langostas enteras descuartizándolas con una maestría de cirujano, y al mismo tiempo devoraba con la vista los platos de todos, e iba picando un poco de cada uno, con un deleite que contagiaba las ganas de comer: las almejas de Galicia, los percebes del Cantábrico, las cigalas de Alicante, las espardenyas de la Costa Brava. Mientras tanto, como los franceses, sólo hablaba de otras exquisiteces de cocina, y en especial de los mariscos prehistóricos de Chile que llevaba en el corazón. De pronto dejó de comer, afinó sus antenas de bogavante, Y me dijo en voz muy baja:

—Hay alguien detrás de mí que no deja de mirarme.

Miré por encima de su hombro, y así era. A sus espaldas, tres mesas más allá, una mujer impávida con un anticuado sombrero de fieltro y una bufanda morada masticaba despacio con los ojos fijos en él. La reconocí en el acto. Estaba envejecida y gorda, pero era ella, con el anillo de serpiente en el índice.

Viajaba desde Nápoles en el mismo barco que los Neruda, pero no se habían visto a bordo. La invitamos a tomar el café en nuestra mesa, y la induje a hablar de sus sueños para sorprender al poeta. Él no le hizo caso, pues planteó desde el principio que no creía en adivinaciones de sueños.

—Sólo la poesía es clarividente —dijo.

Después del almuerzo, en el inevitable paseo por las Ramblas, me retrasé a propósito con Frau Frida para refrescar nuestros recuerdos sin oídos ajenos. —Me contó que había vendido sus propiedades de Austria y vivía retirada en Porto, Portugal, en una casa que describió como un castillo falso sobre una colina desde donde se veía todo el océano hasta las Américas. Aunque no lo dijera, en su conversación quedaba claro que de sueño en sueño había terminado por apoderarse de la fortuna de sus inefables patrones de Viena. No me impresionó, sin embargo, porque siempre había pensado que sus sueños no eran más que una artimaña para vivir. Y se lo dije.

Ella soltó su carcajada irresistible. “Sigues tan atrevido como siempre”, me dijo. Y no dijo más, porque el resto del grupo se había detenido a esperar que Neruda acabara de hablar en jerga chilena con los loros de la Rambla de los Pájaros. Cuando reanudamos la charla, Frau Frida había cambiado de tema.

—A propósito —me dijo—: Ya puedes volver a Viena.

Sólo entonces caí en la cuenta de que habían transcurrido trece años desde que nos conocimos.

—Aun si tus sueños son falsos, jamás volveré —le dije. Por si acaso.

A las tres nos separamos de ella para acompañar a Neruda a su siesta sagrada. La hizo en nuestra casa, después de unos preparativos solemnes que de algún modo recordaban la ceremonia del té en el Japón. Había que abrir unas ventanas y cerrar otras para que hubiera el grado de calor exacto y una cierta clase de luz en cierta dirección, y un silencio absoluto. Neruda se durmió al instante, y despertó diez minutos después, como los niños, cuando menos pensábamos. Apareció en la sala restaurado y con el monograma de la almohada impreso en la mejilla.

—Soñé con esa mujer que sueña —dijo. Matilde quiso que le contara el sueño.

—Soñé que ella estaba soñando conmigo —dijo él.

—Eso es de Borges —le dije. Él me miró desencantado. —¿Ya está escrito?

—Si no está escrito se va a escribir alguna vez —le dije . Será uno de sus laberintos.

Tan pronto como subió a bordo, a las seis de la tarde, Neruda se despidió de nosotros, se sentó en una mesa apartada, y empezó a escribir versos fluidos con la pluma de tinta verde con que dibujaba flores y peces y pájaros en las dedicatorias de sus libros. A la primera advertencia del buque buscamos a Frau Frida, y al fin la encontramos en la cubierta de turistas cuando ya nos íbamos sin despedirnos. También ella acababa de despertar de la siesta.

—Soñé con el poeta —nos dijo.

Asombrado, le pedí que me contara el sueño.

—Soñé que él estaba soñando conmigo —dijo, y mi cara de asombro la confundió— ¿Qué quieres? A veces, entre tantos sueños, se nos cuela uno que no tiene nada que ver con la vida real.

No volví a verla ni a preguntarme por ella hasta que supe del anillo en forma de culebra de la mujer que murió en el naufragio del Hotel Riviera. Así que no resistí la tentación de hacerle preguntas al embajador portugués cuando coincidimos, meses después, en una recepción diplomática. El embajador me habló de ella con un gran entusiasmo y una enorme admiración. “No se imagina lo extraordinaria que era”, me dijo. “Usted no habría resistido la tentación de escribir un cuento sobre ella”. Y prosiguió en el mismo tono, con detalles sorprendentes, pero sin una pista. que me permitiera una conclusión final.

—En concreto —le precisé por fin—: ¿qué hacía?

—Nada —me dijo él, con un cierto desencanto—. Soñaba.

VII CONCURSO POÉTICO INTERNACIONAL – UPF Argentina, en adhesión al Día Internacional de la Paz 2015

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VII CONCURSO POÉTICO INTERNACIONAL – UPF Argentina

“Paz en el corazón y luz para el mundo”

Adhesión al Día Internacional de la Paz 2015

 “Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”; Preámbulo de la Constitución de la UNESCO (1945).

 BASES

  1. Objetivo:Un mundo de paz sigue siendo un imperativo irrenunciable, un deber moral ineludible, una meta posible y una tarea a realizar, pese los desencantos históricos y los conflictos todavía vigentes. El arte, la poesía, la cultura, puede hacer su contribución, sobre la base de valores universales, trascendiendo fronteras, ideologías y religiones. Se espera que esta aspiración, anhelo particular y universal, inscripto en el corazón de pueblos y culturas, quede plasmada en los escritos del VII Concurso Poético Internacional, este año bajo el lema “Paz en el corazón y luz para el mundo”. El mismo adhiere al Día Internacional de la Paz 2015, fecha establecida por la ONU (Resolución 36/67) para “conmemorar y fortalecer los ideales de paz en cada nación y cada pueblo, y entre ellos”.
  1. Formalidades:Pueden participar del Concurso escritores, poetas, profesionales, estudiantes y toda persona que se sienta inspirada en expresar un contenido de valor universal sobre la temática propuesta para este año. Cada participante podrá presentar un poema, en lengua española, donde debe hacer constar sus datos: Nombre y apellido (nacionalidad) y lugar de residencia actual: ciudad, provincia/estado y país. También un teléfono y un correo electrónico a fin de dar a conocer la evaluación del Jurado, los poemas premiados y demás detalles. El formato será una poesía escrita en verso, de una extensión que no exceda una carilla de una hoja tamaño A4, letra N° 12. El poema puede enviarse por e-mail a: concursoupfarg@gmail.com; o correo postal: Av. Rivadavia 755 – 3° Piso “F” (C1002AAF) – Buenos Aires – Argentina (No se devolverán los escritos por correo).
  1. Apertura del Concurso:1° de junio de 2015. Cierre: Viernes 31 de julio de 2015.
  1. Jurado:Integrado por la crítica literaria Bertha Bilbao Richter, miembro del Instituto Literario y Cultural Hispánico (ILCH) y de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE); la escritora y artista plástica Mabel Fontau, miembro del ILCH y de Gente de Letras; el poeta Donato Perrone, Coordinador del Rincón Lírico del Café Tortoni y representante del Grupo de Poetas Livres de Santa Catarina (Brasil); la escritora y artista plásticaMartha Edith Candioti, Directora del Grupo de las Siete Palabras Ecléctico y Presidenta del Ateneo Poético Argentino Alfonsina Storni y un representante local de la Federación para la Paz Universal (UPF); todos Embajadores para la Paz de la UPF. El fallo del Jurado será inapelable y tendrá facultad para resolver cualquier cuestión no contemplada en estas Bases.
  1. Madrinas:La escritora y poeta Juana Alcira Arancibia, fundadora y presidente del ILCH y directora-editora de la prestigiosa revista literaria internacional Alba de América; la poeta brasileña Marina Fagundes Coello, integrante de distintos círculos literarios de destacada trayectoria en América; la escritora y poeta Nélida Pessagno, vicepresidenta de la SADE y Consejera Titular de la Fundación El Libro; y la escritora Liria Guedes, Faja de Honor de la SADE e integrante de la Asociación Americana de Poesía.
  1. Premios:El poema elegido en primer término será leído por el autor, o alguien que él designe, en el Acto de premiación. También se le entregará un Diploma de reconocimiento y se difundirá el poema a nivel nacional e internacional. Se otorgarán además cuatro Menciones de honor, cinco Menciones especiales y las Menciones que el Jurado considere, con sus correspondientes diplomas. A quienes obtengan algunas de estas distinciones también se les entregarán obsequios y la Antología que se elaborará para la ocasión con todos los poemas premiados y seleccionados, como una forma más de promover y expandir una cultura de paz.
  1. Tapa Antología:Durante el tiempo que permanezca abierto el Concurso se recibirán propuestas de artistas plásticos (dibujo, pintura, diseño), relacionadas con el lema “Paz en el corazón y luz para el mundo”, para ilustrar la tapa de la Antología. Deberá enviarse una foto de la obra a concursoupfarg@gmail.com. El cuadro u original elegido podrá exhibirse en la celebración del Día Internacional de la Paz y Acto de premiación.
  1. Acto de premiación:La entrega de reconocimientos tendrá lugar en la Celebración del Día Internacional de la Paz, en un acto artístico-cultural-interreligioso que organizará la Federación para la Paz Universal (UPF) de Argentina en adhesión a la fecha ONU (Resolución 36/67), el lunes 21 de septiembre de 2015, cuyos detalles se informarán oportunamente.
  1. Organiza:Universal Peace Federation (UPF), capítulo argentino, cuyos lemas a nivel internacional son:“La esperanza de todas las eras es un mundo unificado de paz”“El amor verdadero es el ideal y el principio rector” y “Una familia global centralizada en Dios”.
  1. La sola participación de este Concurso implica la aceptación de estas Bases.

FEDERACIÓN PARA LA PAZ UNIVERSAL (UPF) – Status ECOSOC ONU

UPF Argentina: Av. Rivadavia 755 – 3° Piso “F” (C1002AAF) – Buenos Aires – Tel/Fax: (+54-11) 4343-3005