CUENTO: “LA DECISIÓN” – Por Mario Valdez

El cuento del fin de semana

   El rey vivía seguro de haber dejado todo de sí, por su pueblo. Guiado por la inspiración divina, aunque a veces modificada por su humor ciclotímico, había dictado las leyes que más beneficiaban a sus gobernados durante más de treinta años; pues entonces, ¿cómo explicar el malestar y los reclamos de esos desagradecidos?; ¿Cómo retribuían el magnánimo desvelo de su rey? Por más que se esforzaba, no lograba encontrar respuestas a estos interrogantes; y no las encontraría, simplemente, porque no existían para él. Todo lo había dado: orden, justicia, trabajo, seguridad y hasta dádivas de alimento. Los valores fundamentales para cualquier sociedad pasaban irremediablemente por su mano experta y generosa. A cambio, los sediciosos se apostaban irreverentes a las puertas del palacio, ¡con proclamas vergonzosas que pedían su destitución! ¡Nada menos!

Su excelsa inteligencia se exigía al máximo, noche y día, buscando la decisión correcta. A instancias de su más conspicuo consejero, citó a todo el pueblo a la plaza principal, con la excusa de festejar “el cumpleaños del rey”; la asistencia, como correspondía, era obligatoria. De esta manera podría pulsar la ascendencia y poder que aún ejercía sobre las masas. Esa mañana, un frío sudor corría por la frente del Soberano y humedecía sus manos. Se vistió con el traje de gala y se colocó la corona de oro heredada de su bisabuelo.

A la hora señalada, se abrió la puerta del balcón principal del palacio y dio un paso al frente; su desazón fue demoledora: abajo, a un costado, sólo un grupo de chismosas y beneficiarios de sus privanzas, portando la bandera identificatoria del reino, mientras que el resto de la plaza estaba colmada de grupos rebeldes, que exigían su renuncia inmediata.

Luego del aciago momento vivido y durante tres días y tres noches, permaneció encerrado en sus aposentos invocando a la inspiración, que le ayudara a tomar la mejor decisión, ante los acontecimientos que resultaban evidentes. Sabía perfectamente que la solución estaba sólo en sus manos y se juró no salir de la habitación hasta no tomar una decisión. Mientras, en el palacio el clima era irrespirable y tenso; los corrillos entre el personal no cesaban y nadie se permitía siquiera, pensar en dormir.

El día señalado, por fin, a la seis de la mañana, con un rictus de dolor y tristeza, con aspecto desaliñado y vencido, apareció el rey para citar al personal del palacio en el salón principal, con el fin de leer el edicto que acababa de redactar, a la vez que repetía histéricamente:

-La decisión está tomada…, la decisión está tomada…

Unos minutos después, ingresó caminando muy despacio, miró a su gente con aire paternal y lacónicamente se limitó a leer su escrito:

             ” El Supremo Rey de estas tierras, en uso de sus facultades de gobierno, ha decretado lo siguiente:                      “

             ” Visto y considerando que la relación entre gobernante y gobernados se ha tornado insostenible e inmanejable, he debido tomar una drástica pero necesaria resolución, tendiente a conseguir “la paz de esta comarca”:

-LOS CIUDADANOS DE TODO EL REINO DEBERÁN MORIR DE INMEDIATO…

CUENTO: “BEATRIZ, LA POLUCIÓN” – de Mario Benedetti

Para disfrutar durante el fin de semana

Dijo el tío Rolando que esta ciudad se está poniendo imbancable de tanta polución que tiene. Yo no dije nada para no quedar como burra, pero de toda la frase sólo entendí la palabra ciudad. Después fui al diccionario y busqué la palabra imbancable y no está. El domingo, cuando fui a visitar al abuelo le pregunté qué quería decir imbancable y él se rio y me explicó con buenos modos que quería decir insoportable. Ahí sí comprendí el significado porque Graciela, o sea mi mami, me dice algunas veces, o más bien casi todos los días, por favor, Beatriz por favor a veces te pones verdaderamente insoportable. Precisamente ese mismo domingo a la tarde me lo dijo, aunque esta vez repitió tres veces por favor por favor por favor, Beatriz a veces te pones verdaderamente insoportable, y yo muy serena, habrás querido decir que estoy imbancable, y a ella le hizo gracia, aunque no demasiada, pero me quitó la penitencia y eso fue muy importante. La otra palabra, polución, es bastante más difícil. Esa sí está en el diccionario. Dice, polución: efusión de semen. Qué será efusión y qué será semen. Busqué efusión y dice: derramamiento de un líquido. También me fijé en semen y dice: semilla, simiente, líquido que sirve para la reproducción. O sea que lo que dijo el tío Rolando quiere decir esto: esta ciudad se está poniendo insoportable de tanto derramamiento de semen. Tampoco entendí, así que la primera vez que me encontré con Rosita mi amiga, le dije mi grave problema y todo lo que decía el diccionario. Y ella: tengo la impresión de que semen es una palabra sensual, pero no sé qué quiere decir. Entonces me prometió que lo consultaría con su prima Sandra, porque es mayor y en su escuela dan clase de educación sensual. El jueves vino a verme muy misteriosa, yo la conozco bien cuando tiene un misterio se le arruga la nariz, y como en la casa estaba Graciela, esperó con muchísima paciencia que se fuera a la cocina a preparar las milanesas, para decirme, ya averigüé, semen es una cosa que tienen los hombres grandes, no los niños, y yo, entonces nosotras todavía no tenemos semen, y ella, no seas bruta, ni ahora ni nunca, semen sólo tienen los hombres cuando son viejos como mi padre o tu papi el que está preso, las niñas no tenemos semen ni siquiera cuando seamos abuelas, y yo, qué raro eh, y ella, Sandra dice que todos los niños y las niñas venimos del semen porque este líquido tiene bichitos que se llaman espermatozoides y Sandra estaba contenta porque en la clase había aprendido que espermatozoide se escribe con zeta. Cuando se fue Rosita yo me quedé pensando y me pareció que el tío Rolando quizá había querido decir que la ciudad estaba insoportable de tantos espermatozoides (con zeta) que tenía. Así que fui otra vez a lo del abuelo, porque él siempre me entiende y me ayuda aunque no exageradamente, y cuando le conté lo que había dicho tío Rolando y le pregunté si era cierto que la ciudad estaba poniéndose imbancable porque tenía muchos espermatozoides, al abuelo le vino una risa tan grande que casi se ahoga y tuve que traerle un vaso de agua y se puso bien colorado y a mí me dio miedo de que le diera un patatús y conmigo solita en una situación tan espantosa. Por suerte de a poco se fue calmando y cuando pudo hablar me dijo, entre tos y tos, que lo que tío Rolando había dicho se refería a la contaminación atmosférica. Yo me sentí más bruta todavía, pero enseguida él me explicó que la atmósfera era el aire, y como en esta ciudad hay muchas fábricas y automóviles todo ese humo ensucia el aire o sea la atmósfera y eso es la maldita polución y no el semen que dice el diccionario, y no tendríamos que respirarla, pero como si no respiramos igualito nos morimos, no tenemos más remedio que respirar toda esa porquería. Yo le dije al abuelo que ahora sacaba la cuenta que mi papá tenía entonces una ventajita allá donde está preso porque en ese lugar no hay muchas fábricas y tampoco hay muchos automóviles porque los familiares de los presos políticos son pobres y no tienen automóviles. Y el abuelo dijo que sí, que yo tenía mucha razón, y que siempre había que encontrar el lado bueno a las cosas. Entonces yo le di un beso muy grande y la barba me pinchó más que otras veces y me fui corriendo a buscar a Rosita y como en su casa estaba la mami de ella que se llama Asunción, igualito que la capital de Paraguay, esperamos las dos con mucha paciencia hasta que por fin se fue a regar las plantas y entonces yo muy misteriosa, vas a decirle de mi parte a tu prima Sandra que ella es mucho más burra que vos y que yo, porque ahora sí lo averigüé todo y nosotras no venimos del semen sino de la atmósfera.

FIN

¿CÓMO LEER LAS PALABRAS AHOGADAS DE UN NIÑO? Por Lic. Mario Valdez

El vértigo cotidiano, los desesperantes ejercicios de supervivencia, la sociedad del individualismo, son algunos de los tantos condicionantes que nos impide detenernos a comprender el espíritu de un niño que ahoga en el silencio sus dolores. El escritor José Saramago, en su cuento: “La nieve negra”, exhibió esta “discapacidad” de nosotros los adultos para percibir la claridad y la simpleza de un niño que se expresa, quien seguramente al no ser comprendido o “leído”, se le otorgará la insignia lacerante que tan prontamente otorgamos: -Este niño padece de “tal” patología…, habrá que medicarlo.

En este espacio les invitamos a leer este cuento con detenimiento y atención, para luego pensar cuánto habita en nosotros de la mirada rápida y juicio pronto de la docente del cuento. “La nieve negra” es una herramienta preciosa para releer y en el caso de los terapeutas que trabajan con niños, aplicar en la labor cotidiana. Tómese su tiempo y luego escriba como comentario qué de nuevo ha sentido en la imagen descrita por el genial autor portugués.

 Niña pensamiento

La nieve negra

 Ya sé que estamos fuera de la estación: el invierno se fue, y tenemos ahí el calor, la playa, las sombras de los grandes árboles, el sol duro que nos ablanda, las tardes apacibles, las noches tibias que se ondulan como pesados y blandos terciopelos negros. Hablar de nieve en junio supone una lamentable falta de oportunidad. Pero, como de debajo de los pies se alzan los trabajos, también el azar de los encuentros puede invertir el orden de las estaciones y traer el invierno a los pinos del verano, y hacer que nos traspase un frío terrible que nada será capaz de vencer. Porque, nunca me cansaré de decirlo, hay que tener mucho cuidado con los niños.

Estos minúsculos hijos de los hombres han aparecido a veces en mis crónicas. Y de niños he hablado como quien los conoce bien, porque también uno ha pasado por eso. Y ahora pregunto: ¿qué son los niños? Diez mil pedagogos se disponen a responderme. Dejo de lado, de antemano, sus respuestas, unas porque ya las conozco, otras porque las adivino, y vuelvo a preguntar: ¿Qué son los niños? ¿Qué seres extraños son esos que vuelven hacia nosotros sus rostros lozanos, que nos turban a veces con una mirada súbitamente profunda y sabia, que son irónicos y gentiles, débiles e implacables, y siempre tan ajenos? Tenemos prisa por verlos crecer, por admitirlos en el clan de los adultos sin sorpresa. Nos mostramos impacientes, nerviosos, porque estamos ante una especie desconocida. Cuando ya son nuestros iguales, les hablamos de la infancia que tuvieron (la que recordamos, como observadores desde el lado de afuera) y nos sentimos casi ofendidos porque a ellos no les gusta nada que se les recuerde una situación en la que no se reconocen ya. Ahora son adultos: es decir, otra especie humana.

En esa infancia está, por ejemplo, la historia que voy a contar y que debo a uno de esos encuentros casuales. Y después de reproducida aquí me dirán si no tengo razones para insistir: hay que tener mucho cuidado con los niños. No el cuidado común, el que tiende a prevenir accidentes, esos que bajo tal rúbrica aparecen en las noticias de los periódicos, sino otro tipo de cuidado, más minucioso y sutil. Me explicaré.

Una maestra mandó un día a sus alumnos que hicieran una composición plástica sobre la Navidad. No lo dijo así, claro. Dijo, más o menos, una frase como ésta: “Haced un dibujo sobre la Navidad. Podéis usar lápices de colores, o acuarelas, o papel satinado, lo que prefiráis. Y me lo traéis el lunes.” Que lo dijera así o no, es igual, el caso es que los alumnos llevaron el trabajo. Aparecía allí todo cuanto suele aparecer en estos casos: el pesebre, los Reyes Magos, los pastores, San José, La Virgen y el Niño. Mal hechos, bien hechos, toscos o hábiles, los dibujos cayeron el lunes sobre la mesa de la maestra.

Allí mismo, ella los vio y calificó. Iba marcando “bien”, “mal”, “suficiente”, en fin, el trance por el que todos hemos pasado. De repente, ¡ah, hay que tener mucho cuidado con los niños! La maestra coge un dibujo, un dibujo que no es ni mejor ni peor que los demás. Pero ella tiene los ojos clavados en el papel, y está desconcertada: el dibujo muestra el inevitable pesebre, la vaca y el burrito, y toda la demás figuración del caso. Sobre esta escena sin misterio cae la nieve, y esa nieve es negra. ¿Por qué?

“¿Por qué?, pregunta la maestra en voz alta al niño. El chiquillo no responde. Más nerviosa quizá de lo que aparenta, la maestra insiste. Hay en el aula los crueles murmullos y sonrisas de rigor en estas situaciones. El niño está de pie, muy serio, algo tembloroso. Y, al fin, responde: “Puse la nieve negra porque esta Navidad murió mi madre”.

Dentro de un mes llegamos a la luna. Pero, ¿cuándo y cómo llegaremos al espíritu de un niño que pinta la nieve negra porque murió su madre?

 SARAMAGO, José (1997) “La nieve negra”,

en De este Mundo y del Otro. Ronsel, Barcelona.

Gracias por dedicar su tiempo para nuestra propuesta.

Prof. Lic. Mario Valdez