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MIEDO A BRILLAR O POR QUÉ ELEGIMOS SER INVISIBLES – Por Marcela Bracho para psicopedia.org

Miedo a brillar en la vida2

Miedo a brillar, o por qué elegimos ser invisibles

Por Marcela Bracho para psicopedia.org

Reconozco mi fascinación por las estrellas, entre más oscuro más brillan, mejor se distinguen. También el sol me cautiva por sus contradicciones, entre más luminoso, más nos ciega. Tanta luz que a veces no nos deja ver nada. ¡Qué paradoja!

Recuerdo a mis padres repetirme cada mañana al salir hacia la escuela “sé mejor de lo que crees ser, nada te lo impide más que tú”, “ve por el Excelente”, “tú eres luz”.  Jamás me sentí presionada por sus palabras, lejos de ello, me sentía bastante motivada sabiendo que confiaban en mis potencialidades. Y con ese aliento positivo fraternal salía decidida a no dejarme vencer por el miedo a ser alguien distinta.

Sin embargo, al crecer bajo los cánones de una sociedad angosta, esa autoconfianza menguaba y los temores se acentuaban cada vez más. Por lo que aprendí a ser cautelosa e invisible por mucho tiempo, hasta que emprendí una travesía interior para trascender mis miedos más recurrentes.

Un buen día decidí convertirme en psicoterapeuta atreviéndome a explorar la complejidad e inmensidad humana. Me di cuenta de nuestra grandeza y enorme potencial para expandir nuestras capacidades, pero, (y ahí viene el –pero– que anula la primera frase), al parecer nuestras creencias sociales y culturales nos limitan, nos tapan la luz que podría salir con todo su esplendor.

Y aquí llegó al punto del cual quiero reflexionar contigo.

1 Nuestro miedo más profundo es que somos inmensamente poderosos

2 Miedo a despertar envidia

3 Miedo a ser mejores que nuestros progenitores

4 Miedo a estar solos

5 Miedo a perder nuestra identidad pública

Nuestro miedo más profundo es que somos inmensamente poderosos

Nelson Mandela, en su discurso como Presidente de Sudáfrica (1994-1999) pronunció las siguientes palabras de Marianne Williamson escritas en su libro “A Return to Love” (Regreso al amor):

“Nuestro miedo más profundo no es que seamos inadecuados. Nuestro miedo más profundo es que somos inmensamente poderosos. Es nuestra luz, y no la oscuridad, lo que más nos asusta. Nos preguntamos: ¿quién soy yo para ser brillante, precioso, talentoso y fabuloso? En realidad, ¿quién eres tú para no serlo?”.

No obstante, todos los días rehuimos nuestra grandeza escondiéndonos de aquellas partes radiantes que habitan dentro de cada uno. Pareciera que entre más luminosos podemos ser, más inseguros se pueden sentir los que nos rodean. Es paradójico y peligroso.

Y si revisamos detenidamente nuestras creencias religiosas judeo-cristianas, veremos que al hombre y todavía más a la mujer, nos consideran pecadores y que desde que nacimos hay algo malo dentro de nosotros. El famoso “pecado original”.

Esta premisa tan tatuada en nuestra piel nos ha castigado con el eterno mantra por ”Mi culpa, por mi culpa, por mi mera culpa” y parecería que vivimos solo para expiarla y quitárnosla de encima, en lugar de asumir que nacimos para hacer manifiesta la grandeza del universo inherente en todos los que habitamos el planeta. Si nuestra luz se irradia, solo así, permitiremos que otras hagan lo propio. Parece simple, ¿verdad?

…Pero (segundo pero) nos encontramos con las letras pequeñas de las cláusulas humanas: tenemos miedo a brillar. Y dentro de ese temor, creo hallar escondidos otros más:

Miedo a despertar envidia

Más allá de inspirar y provocar admiración por nuestros éxitos, más allá de contagiar la alegría por salir del corral de los mediocres, estamos expuestos a despertar envidia. Por un lado, quisiéramos ser admirados y reconocidos, pero ese deseo se convierte en miedo. Miedo a que los demás nos critiquen, nos rechacen y se distancien por el simple hecho de sobresalir.

Me recuerda la parábola de la luciérnaga y el sapo: “En el silencio de la noche oscura sale de la espesura incauta la luciérnaga modesta, y su templado brillo luce en la oscuridad. Un sapo vil, a quien la luz enoja, tiro traidor le asesta y de su boca inmunda, la saliva mortífera le arroja. La luciérnaga dijo moribunda: ¿qué te hice yo para que así atentaras a mi vida inocente? Y el monstruo respondió: Bicho imprudente, siempre las distinciones valen caras: no te hubiera escupido yo, si tú no brillaras.”

Miedo a ser mejores que nuestros progenitores

Cuando seguimos los pasos de nuestros padres o de nuestro linaje familiar, nos sentimos seguros. Es lo que debería ser. Entre más nos aproximemos a seguir dicho modelo, más evitamos la decepción de la familia. Nos aliamos a ellos, imitándolos.

Pero ¿qué pasa, cuando nos atrevemos a romper con ese ideal? ¿Qué pasa cuando nos arriesgamos a ser diferentes de ellos y transcender ese referente? Nos quedamos totalmente desamparados, huérfanos de modelos preestablecidos y entramos al mundo de lo desconocido. Y esto nos asusta más de lo que creemos.

Miedo a estar solos

Cuando abandonamos la zona de confort, incursionamos en nuevos espacios reveladores. Solo así entramos a procesos evolutivos y transformadores.  Es ahí donde podemos mostrar todo nuestro potencial creativo. Pero (otro pero) ¡aguas! estás muy cerca de separarte de los demás. Estas solo. Eres incomprendido por el hecho de haber cruzado el umbral hacia rumbos desconocidos.

Atravesarlo es meterte a otro círculo de pensamientos y experiencias nuevas. Si ya estás ahí, te conviertes en un/a revolucionario/a que ha roto estándares establecidos y paradigmas obsoletos. ¿Con quién vas a compartir esta nueva manera de estar en el mundo? Estás solo hasta que encuentres a otra tribu.

Miedo a perder nuestra identidad pública

Hemos crecido bajo creencias sobre nosotros mismos. Etiquetas impuestas de nuestros padres y profesores. Ya en la mayoría de las ocasiones las ideas más fuertes son las negativas, las que nos desvalorizan como el “no valgo nada”, “hay alguien mejor que yo”, “yo no estoy hecha para triunfar, soy una estúpida fracasada”, “no sirvo para hacer esto ni aquello”, etcétera…

Solo para deshacernos de esas infamias personales, necesitamos desaprender, es decir, resetearnos. Pero (tercer pero), nos aterra perder lo que creemos ser. Dejar atrás lo que hemos sido durante tanto tiempo es como perder nuestra identidad. Nos hemos construido sobre una plataforma conocida y necesitamos reafirmarnos todo el tiempo con aquello que nos identificamos. Es una zona segura.

No nos damos cuenta que, en realidad, somos mucho más de lo que creemos ser. Seguimos patrones y valores sociales que nos restringen como el “necesitamos de los demás, tú no puedes solo”, “no puedes mostrarte autosuficiente, no seas egoísta”. Preferimos ser uno más del montón y perdernos en el anonimato.

De esa manera conservas el afecto de los demás, no quedas mal y te aprobarán por seguir los -status quo- de la sociedad. Solo los que te aman de verdad desearán lo mejor para ti y reconocerán tus dones y talentos apoyándote en nuevos derroteros. Estarán felices por ti.

“Jugar a ser pequeño no sirve al mundo.” Al liberarnos de nuestros miedos, nuestra presencia automáticamente libera a los demás. Nacimos poderosos y la manera de manifestar nuestra grandeza interna es dejar lucir nuestra luz propia y esparcirla a los demás que seguramente querrán imitarnos haciendo lo mismo, y no como el sapo que nunca pudo con la brillantez de la luciérnaga y prefirió matarla que seguir su luz.

Asegurémonos que ese brillo ilumine caminos nuevos. No vaya a ser que el resplandor fulmine y ciegue nuestras posibilidades.

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