ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL SÍNDROME DE ALIENACIÓN PARENTAL – Por Mario Valdez

Hace años, cuando me tocó vivir este problema, el que me alejó de manera casi permanente de mis hijos biológicos, no pude darle la dimensión al problema ni conocer la raíz de este sufrimiento. Más tarde, como profesional, pude explicar que las situaciones emergentes de las separaciones son múltiples, son diversas y que exponen, de manera bien manifiesta, las características de personalidad con las que nos constituimos como sujetos, Características del orden subjetivo, en parte, pero también socioculturales y contextuales.

Las separaciones suelen activar mecanismos hasta entonces latentes y desconocidos, que sólo pueden tramitarse en terapia. Es así que, a la sensación de que el/la otro/a traicionó el amor que se juraron, le sigue una serie de actitudes de ambos lados más ligadas al inconsciente primitivo que a la racionalidad. Como primera medida, debemos hacer pie en un suelo que trastabilla y amenaza con destruir la estructura del hogar, la estructura de la familia constituida y sin dudas, la estructura de nuestra propia integridad psíquica, la que comienza a “soltar” de las amarras aspectos desconocidos de la propia personalidad de cada uno del binomio conyugal. Una sensación de que necesitamos permanecer de pie con dignidad, con fortaleza y con racionalidad, (sin saber que ésta está afectada). Recurrimos entonces a diferentes mecanismos de defensa como un modo de evitar la angustia, la depresión y las heridas de la autoestima: De este modo y sin saberlo, recurrimos a la proyección (ver sus propias dificultades en el otro) , la negación,  (bloquear conscientemente los eventos que no deseamos enfrentar), el desplazamiento, (canalizar la agresión sobre objetos o personas), la represión, (quitar de la consciencia los hechos a los que no queremos enfrentarnos), la sublimación, (la derivación de las pulsiones hacia otro repentino objeto de deseo) y así sucesivamente.

De manera casi infalible, cuando fallan los mecanismos de defensa, nos convertimos en seres fragmentados, dolidos y enojados, sin capacidad de resolver por nosotros mismos la situación de “final” que tenemos por delante y espera para ser resuelta. En el centro del campo de batalla, finalmente, quedan los retazos de las diferencias, pero estos retazos ¿son sólo bienes materiales? Claro que no. Ocupados en permanecer de pie dejamos en el centro del conflicto a nuestros hijos. Personitas que están constituyéndose como personas, como seres individuales y sociales y que se reflejan en el espejo de sus modelos parentales, que somos nosotros, ambos vencidos en una guerra sin sentido ni futuro.

Hasta allí, algunos más, otros menos, es lo que vivimos ante este fin de etapa que no debería ser más que eso: un final de etapa que cada cual elaborará de acuerdo a sus recursos y posibilidades y con la ayuda ineludible de la terapia. Pero cuando no es ésta la dimensión que le otorgamos al problema, los hijos comienzan a tener un inmerecido protagonismo en una lucha inacabada que se prolongará en el tiempo, indefinidamente. Cada uno que haya vivido esta experiencia podrá recolectar de su memoria aquellos recursos a los que apeló en estas situaciones y seguramente, con la perspectiva que otorga el paso del tiempo, comenzará a reconocer que fueron inválidos e innecesarios, como también igualmente idealizada e inexistente, la búsqueda de un poder vacío y cruento que sólo agregó dolor, distancia y desamor. Todos ellos fueron síntomas que configuran un síndrome depredador e innecesario para cada uno de los contendientes y mucho más para los hijos.

Es así como esta lucha, cuando permanece en el tiempo, se alimenta de influir en el pensamiento de los niños con el fin de desdibujar, borrar y finalmente aniquilar del sentimiento de los niños la figura amorosa que puedan haber construido del “otro cónyuge”, contaminando la posibilidad de que ellos construyan o deconstruyan esa imagen a partir de sus propias vivencias.

¿De qué está hecho ese efímero poder que le otorga a cada uno tratar de quitar de su mente a los hijos su imagen arrebatada de ese “papá” o mamá” que ya no convive con ellos?; ¿Qué beneficio real pudo haber conseguido el cónyuge alienador, luego de tanto socavo de la representación ilegitimada del otro?; ¿Qué modelo podremos dejar en nuestros hijos, impelidos a “elegir” entre el bueno y el malo, en una familia que se conformó en el amor de ambos hacia ellos?

El síndrome de Alienación Parental es sólo una muestra de la debilidad yoica, de la falta de autoestima, de una sociedad individualista y competitiva y de la mezquindad de algunos padres o madres que quizá, no debieron serlo nunca.

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