LAS PERSONAS MUESTRAN CONDUCTAS IMITATIVAS PARA PROCURAR ACEPTACIÓN SOCIAL – Por Mario Valdez

niño sigue abuelo

En los años 80, el psicólogo social Robert Zajonk,(1), ferviente estudioso de las conductas humanas y sus habilidades sociales, investigó las acciones miméticas del ser humano como facilitadoras de la socialización. Este psicólogo, sostiene que la imitación provoca simpatía y fomenta las relaciones sociales y también las relaciones comerciales. Asegura, por ejemplo, que las camareras reciben mayor propina cuando repiten el pedido de sus clientes. Zajonk, ha estudiado también el hecho de que las personas que conviven por mucho tiempo, tienden a parecerse. A este fenómeno lo llamó: “Transformación mimética” o mimetismo. Agrega en sus estudios que la finalidad única de estas conductas inconscientes, es la de ser aceptado por los demás. El actor Woody Allen, protagonizó por esos años el film “Zelig”, en el que se caricaturizaba estas conductas de imitación.

Esta capacidad de transformación mimética, comienza en los primeros días de vida de todo niño. Cuando escuchan gritar a otro bebé y con el objetivo de imitarlo, rompen en llanto, ya que es su único lenguaje posible; más tarde, a los tres o cuatro meses, imitan movimientos sencillos con la boca y aprenden a “sacar la lengua”, repitiendo el gesto de un adulto,  o de otro niño; ya a los nueve meses, expresan alegría, tristeza o enojo, reproduciendo lo que perciben del rostro de su madre.

Las mamás, utilizando este conocimiento inconsciente, abren la boca cuando intentan dar la papilla a su niño, apelado así a la reproducción mimética  de la apertura de la boca del niño. Otro fenómeno cotidiano se refiere al uso de un lenguaje infantil, por parte de los adultos, procurando empatía social y aprobación.

Pero este mecanismo se repite también entre los adultos: Entre dos interlocutores ocurre que uno, imita sin proponérselo la velocidad del habla del otro, y luego de un rato de conversación se iguala también el tono de voz; además, el estado emocional menos equilibrado de los dos hablantes suele influir en el otro, en mayor o menor grado.

Los científicos Roland Neumann y Fritz Strack,2000,(2), mostraron la grabación de un orador que alternaba el tono de su discurso: por momentos era alegre y otras veces triste. Luego, se le solicitó a personas de la audiencia que repitieran ciertos párrafos del discurso; el resultado fue que esas personas, repitieron no sólo el texto sino también los tonos efectuados por el orador. Una primera conclusión  rápida, indica entonces que una persona con buen humor, con “buena onda”, tendrá una influencia más favorable en un grupo con el que comparte una determinada cantidad de tiempo.

Pero resulta muy curioso lo verificado a través de un estudio realizado por Ulf Dimberg,(3). El nombrado científico, pudo establecer que estas conductas de imitación entre personas que conviven en un determinado ámbito, producen a largo plazo modificaciones en la apariencia externa, con tendencia a parecerse. La explicación científica que avala este fenómeno, es que existe una consonancia muscular y de vasos sanguíneos, utilizados en las expresiones ante determinadas situaciones. Esta especularidad de movimientos  musculares, fue comprobada a través de un electromiógrafo y los estudios, sugieren que al observar movimientos ajenos, se activan regiones cerebrales que coordinan la motricidad propia del observador. Más tarde, dos neurocientíficos finlandeses corroboraron esta sugerencia y fueron aún más allá: Determinaron que la observación de un movimiento, activa la corteza motora primaria, como también el centro para el control, coordinación y ejecución de movimientos, además de una parte del centro del habla, el área de Broca. Estas zonas constituyen  el centro de coordinación de las “neuronas espejo”, las encargadas de “simular” el comportamiento del otro.

Por su parte, el Prof. Friedemann Pulvemüller,(4), ha demostrado que existe una conexión entre el lenguaje y el movimiento: Dice que la sola mención de una palabra, como por ejemplo “andar”, puede desencadenar impulsos motrices en quien la escucha.

Todo tiene sentido desde un punto de vista evolutivo; un hombre primitivo al ver a otro hombre correr, estimulaba su propensión a imitarlo, pues presuponía que el peligro acechaba. Hoy en día las razones son otras, aunque persiste la tendencia mimética adaptada a la forma de vida actual. En cierto modo, el mimetismo es necesario para sobrevivir, ya que el hombre es un ser eminentemente social y quien se aisla, termina sintiéndose extremadamente solo; imitamos, entonces, cuando procuramos adhesión social y es este mecanismo de socialización el utilizado para “igualarnos” al otro, procurando aceptación. No obstante, este acercamiento, esta tendencia a la igualación, nos lleva a entender menos a quien escuchamos, ya que quita perspectiva necesaria para la mejor comprensión. Si en cambio procuráramos “renunciar” conscientemente al mimetismo, lograríamos un mejor entendimiento y una mayor valoración del interlocutor.

Finalmente, diremos que según sean los valores inculcados por la sociedad en la que vivimos, será mayor o menor la preponderancia de las conductas miméticas de sus individuos. Una experiencia se realizó entre un grupo de voluntarios japoneses y otro grupo de estadounidenses. El resultado de esta experiencia, demostró que los ciudadanos de culturas en las que se prioriza el rendimiento personal y la independencia, presentan menos mimetismo que aquellos que proceden de culturas en las que se valora más la cohesión social.

Un rápido repaso por la realidad cotidiana, permite inferir que el caótico mundo social en el que vivimos, signado por la corrupción, la guerra, la intolerancia, el doble discurso y la violencia, devienen de la conducta mimética de los individuos respecto de gobernantes, ductores y personajes sociales, quienes generan con su ejemplo indigno, un clima de inestabilidad social y de valores, “imitados” por la gente común.

Una lectura optimista, permitiría aventurar que la acción de los individuos en el sentido inverso, lograría revertir la dirección equivocada hacia la que la sociedad se dirige.

Sobre un artículo de Arnd Florack y Oliver Genschow

1 – Sociólogo y psicólogo social polaco-estadounidense, (1923-2008).

2 – Roland Neumann y Fritz Strack – Universidad de Wiirzburg

3 – Ulf Dimberg – Universidad de Upsala

4 – Friedemann Pulvermüler, neurocientífico de la Universidad de Cambridge.

Autor: IINNUAR INVESTIGACION DIAGNÓSTICO Y TRATAMIENTO PSICOPEDAGOGÍA, NEUROPSICOLOGÍA, PSICOLOGIA, PSICOSOCIOLOGIA, NEUROLOGÍA

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